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Viuda de avanzada edad que disfruta de los placeres de la nicotina, el vodka, y el clac-clac de su vieja máquina de escribir.

sábado, 29 de enero de 2011

La emperatriz del cuento de hadas

Las luces de cientos de lámparas eléctricas refulgían en el oro omnipresente en la sala, y se fragmentaba en mil en las siete grandes lámparas de araña que colgaban del techo abovedado, ostentosamente cubierto con frescos. Cristal faérico, se decía. Se decía, pero por supuesto siempre en susurros y solo a los oídos adecuados. Al fin y al cabo, Navinia estaba en guerra con las Cortes Faéricas. Pero por supuesto tampoco nadie negaba que fuera el cristal más fino.
Aunque aquella noche estaba prohibido hablar de guerras y desgracias. Se celebraba el décimo cumpleaños de la nieta de la emperatriz y todo debía ser dicha y jolgorio -por Decreto Imperial. Por deseo expreso de la pequeña aquello era un baile de disfraces, lo que implicaba que la inmensa sala estaba llena de plumas, terciopelo, oropeles y cascabeles.
Una mujer ya mayor, de pelo gris acero recogido en un moño bajo que estaba sujeto con una redecilla de esmeraldas, del mismo color que sus ojos cansados, observaba la ciudad que se extendía ante ella. El rumor apagado de la fiesta llegaba hasta ella, enmudecido casi por las gruesas puertas de cristal esmerilado que daban al balcón. A pesar de que mantenía la expresión cuidadosamente serena -nunca se sabía quién podía estar observándote- sus ojos eran dos pozos de preocupación, lo que la asustaba e indignaba a partes iguales: ¡Ella, Elinor Bellatrix de Navinia, asustada por un polvoriento cuento de hadas! Aquel mundo estaba cambiando. De eso daba testimonio su propia ciudad, donde las luces eléctricas ya superaban en número a los candiles y no una, sino dos líneas de ferrocarril la cruzaban. El tipo de magia que ella temía había sido hecha retroceder a lo más profundo de los bosques con pólvora y acero, y ahora solo moraba en los cruces de caminos, las profundas pozas de los bosques y las casitas de jengibre. Y sin embargo, tenía miedo. Le aterraba la perspectiva de que se llevaran a su nieta. Durante diez largos años, desde que su querida hija había dado a luz a esa niñita de ojos dispares había estado aguantando el aliento, consumiéndose lentamente mientras contaba los días -los años- que avanzaban inexorablemente al décimo cumpleaños de su nieta.
En ese momento reparó en un pequeño libro de cuentos infantiles que alguien había dejado apoyada en la balaustrada del balcón. Estaba elegantemente encuadernado, con un dibujo impreso en la portada de terciopelo azul que representaba a una mujer de aspecto bondadosos con alitas de libélula. Lo abrió frunciendo el ceño; desde la reciente invención de la imprenta aquellos volúmenes de cuentos infantiles estaban por todas partes, con sus versiones edulcoradas de las hadas. Propaganda enemiga. Como si se parecieran en nada a mujeres. Y menos bondadosas. Y desde luego no iban por ahí convirtiendo ratones en cocheros, sino más bien al revés.
Un nombre al final de una hoja llamó su atención: su propio nombre. Con curiosidad que rápidamente se tornó en horror leyó lo escrito en esa página:
...y la joven Elinor se abandonó a aquel amor prohibido con el prisionero de su padre sin pensar en las consecuencias. pero las consecuencias se materializaron nueve meses después en una preciosa niña, completamente humana. Elinor respiró, inmensamente aliviada. Pero lo que ella no sabía era que la sangre faérica era caprichosa y gustaba de saltar generaciones...
Pasó la página, jadeando de horror, pero estaba en blanco, a excepción de una pequeña anotación en el centro de la página que decía HE VENIDO A POR MI NIETA
Arrojando el libro al suelo abrió de golpe las puertas que daban al salón de baile y pasó como una exhalación por entre los guardias que que habían estado velando por su privacidad.
Se dirigía hacia el centro de la sala, dónde estaría bailando la familia real, y a su paso creaba ondas concéntricas de desconcierto, fracturando en mil pedazos los intrincados patrones de los bailes palaciegos. Solo una vez se chocó contra alguien, un alto individuo vestido de verde y dorado, con una máscara en forma de hoja a través de la que se veían los ojos, de un dorado antinatural, que le susurró al pasar Ha venido el abuelo... Elinor no se detuvo en su frenesí por alcanzar a su nieta a tiempo, sabiendo que sería inútil.
Se abalanzó sobre su nieta, que levantó la vista sorprendida ante el repentino abrazo de su por lo general fría abuela. Elinor, vestida de gala y ante toda la aristocracia de su imperio, no podía parar de llorar, gruesos lagrimones cayendo por sus enjutas mejillas, abrazando de rodillas a su sorprendida nieta.
Y entonces de súbito la infanta se volatilizó en el aire, dejando en su lugar una nube de gorgojeantes jilgueros azules que, tras escapar del vestido por las mangas y el cuello, se apresuraron a  perderse en la noche a través de la puerta que Elinor había dejado abierta.
La emperatriz se incorporó lentamente, la rabia congelada en su rostro irrigado por las lágrimas. Abrió la boca para decir algo, la furia centelleando en sus ojos verdes, pero ningún sonido salió de ella.
En el atónito silencio que se había apoderado de la sala, todos los allí presentes escucharon el escalofriante crujido, similar al de un árbol al caer, con el que la emperatriz misma empezó a cambiar de forma: su piel se acartonó, se agrietó, se oscureció y adquirió la textura de la madera, al tiempo que su cabello florecía y se convertía en gruesas ramas mientras sus piernas se alagaban, engrosaban y se unían formando un tronco que se hundió en el suelo, rompiendo el parqué. Las lágrimas fueron lo último en desaparecer, convirtiéndose en gotitas de rocío sobre el rostro, escalofriantemente realista, de la furia de la emperatriz en el tronco.

Y, aunque la verdad es nadie volvió a entrar en esa sala nunca más, se dice que de cuando un cuando un jilguero azul entra por uno de los tragaluces y se posa en las ramas del gran roble.

jueves, 27 de enero de 2011

Colgando cosas sueltas de mi ordenador

Melissa observaba el mar, sus ojos dos espejos azul eléctrico que reflejaban el otro azul, completamente distinto, de las olas que se extendían hacia el infinito. Allí, entre las ruinas de lo que en un momento había sido una casa señorial, los recuerdos acosaban a Melissa, fantasmas de su pasado que habría creido enterrados hacía mucho tiempo. Pero allí había empezado todo, en aquella mansión señorial, hacia ya tres años, cuando la joven por aquel entonces aristócrata había observado, aterrada, como las tropas del rey invadían la casa, degollaban a su padre y violaban y mataban a su madre. Recordaba haber preguntado entre sollozos por qué le hacían esto a ellos, una de las familias más antiguas del reino, una de las pocas que siempre se habían mostrado fieles y habían permanecido al lado del rey y al capitán -un hombre tuerto y cruel, por cuyo único ojo rezumaba más maldad que la que la joven había visto en su vida, respondiendo lentamente, mientras se acercaba a ella con la espada desenvainada: "Alguien me ha dicho que tu hermana ha estado jugando con cosas prohibidas" La comprensión la había golpeado como una ola, haciendola trastabillar. Su hermana Clarissa había abandonado los terrenos de la familia medio año atrás, respondiendo la llamada de las brujas del mar. Se había dejado caer al mar embravecido desde la torre del homenaje, y la familia la había dado por muerta, ya que todo el mundo sabía que las brujas del mar solo aceptaban a unas pocas de las que llamaban.
Melissa esbozó una sonrisa amarga. Qué poco sabía ella entonces, ignorante de los acontecimientos que habían llevado al castigo ejemplar de su familia. Había supuesto que habría cometido algún crimen -las brujas no eran conocidas por ser ciudadanas ejemplares- y que el rey había conseguido rastrear su identidad hasta su familia. Se había quedado corta en su razonamiento, pero eso ella no lo sabía. Las brujas del mar habían aceptado a Clarissa, oh sí. La joven y talentosa aristócrata se había hecho su hueco en el aquelarre en un tiempo record y, ya como una bruja del mar, había empezado a atender a las fiestas de la alta sociedad que se organizaban en la capital disfrazada en la piel de una cortesana o una dama. Allí había conocido al príncipe, del que se enamoró inmediatamente. El príncipe también reparó en la joven dama desconocida de ojos azules eléctrico -ojos de bruja- pómulos marcados y piel pálida. No pasó un mes antes de que empezaran a verse en secreto, y su relación los convirtió en amantes. Pero solo pasaron unos meses antes de que el príncipe, hombre mujeriego y atractivo, se posara en una nueva flor. Cuando Clarissa los encontró uno en brazos del otro en el lecho principesco su cuento de hadas acabó, y con el romance de la bruja acabó el príncipe. El rey encontró dos estatuas de sal, abrazadas en ardiente frenesí, en vez de la cortesana y su hijo. 
Pero por aquel entonces Melissa no había sabido nada de eso. El capitán la había acorralado en la biblioteca, con sus grandes ventanales que daban al acantilado y al mar, muchos metros más abajo. Con las lágrimas derramándose de sus ojos -todavía marrones-, había dado la espalda al capitán y, sin pensarlo dos veces, había arremetido contra el cristal, fragmentándolo en una lluvia de gotas cortantes que la acompañó en la caída, junto con el recuerdo de los chillidos de su madre y los ojos desorbitados y sin vida de su padre. Aún en el presente, cuando lo recordaba, no conseguí explicarse como había reunido el valor necesario como para lanzarse a los brazos de las brujas del mar, sin haber oído nunca sus cánticos. Era algo nunca visto, y mientras caía Melissa estaba convencia de que moriría. Pero no fue así. Su hermana intercedió por ella y se aceptó a la segunda hija de la familia, así como se había aceptado a la primogénita.
Las figuras que iban saliendo lentamente del mar se reflejaban en las pupilas de la bruja. Tres años le había llevado reunir la influencia necesaria como para movilizar a las brujas del mar en contra del rey -y no es que Clarissa, deshechos ya todos los lazos que la habían atado a su familia, la hubiera ayudado en gran medida. Pero lo había hecho. Y ahora había llegado la hora de la venganza.




Primera entrada :)

“Las leyendas dicen que, en una era perdida entre las brumas del tiempo, los libros eran un bien común. Los juglares, los sucesores de carne y hueso de los libros, hablan de edificios de dorado y marfil de brillantes estantes de madera llenos de ellos, los viejos tomos encuadernados en piel hablando de aventuras prohibidas, amores no correspondidos y odios ardientemente correspondidos, dioses desconocidos y dictadores tristemente conocidos. Hablan de máquinas de reluciente metal, todo engranajes y tinta, que podían producir libros a docenas por hora. Pero de lo que más hablan los juglares son de los Bibliotecarios –o los Custodios, o el Pueblo Culto, o los Lores y las Damas- han tenido muchos nombres, pero la leyenda se transmite generalmente inmutable de juglar a juglar. El Pueblo Culto, los de las túnicas irisadas, los ojos de cristal sustituyendo los que el Señor nos dio para mejorar la lectura y las ciudades donde el fuego tenía prohibida la entrada. Los Lores y las Damas, que hicieron de la escritura un arte y convirtieron bosques enteros en sagas heroicas, compendios y fábulas de reinos lejanos. Oh, sí. Hoy en día hablamos mucho de los Custodios, porque ellos tenían algo que a nosotros nunca se nos entregó y se nos vedó la capacidad de crear. Los libros.
De cuando en cuando, cuando veo el páramo desierto en el que se ha convertido nuestro mundo, donde criaturas famélicas que un día se atribuyeron el galardón de señores de la creación vagan errabundas entre los armazones de metal, máquinas muertas que un día fueron el orgullo de nuestro pueblo, sé que algo no es como debería ser. Sé que yo no pertenezco a este lugar. Porque yo no intento cazar, no intento canjear mi dignidad humana por unas piernas más rápidas que no tengo, por unos colmillos con los que desgarrar la carne con los que no se nos creó. Oh, no, yo nunca hago eso. Porque yo sé que soy superior. Oh, sí superior. Al fin y al cabo, yo tengo uno de ellos. Los objetos de los que hablan las leyendas. Oh, sí, yo tengo un libro, aunque ellos no lo saben. ¡Nadie lo sabe! Por eso no salgo de mi sanctasanctórum, mi propia ciudad de Bibliotecarios, donde habito yo solo y el fuego tiene prohibido la entrada –excepto por los rayos que el cielo descarga furioso sobre el avión estrellado que es mi refugio. En mi ciudad no habito yo solo, porque yo veo a los otros Bibliotecarios, llamándome por nombres musicales y mirándome con envidia, porque yo tengo algo que ellos no tienen… yo tengo un libro. Por eso nunca abandono mi refugio… conservar lo único que me separa de esas bestias es más importante que cazar, o dormir. Sí, más importante…”

Una partida de caza de una de las colonias le encontró una semana más tarde: el esquelético cadáver de un anciano envuelto en una túnica irisada, unos viejos anteojos rotos, los cristales hendidos en heridas sangrantes de los ojos hundidos por la locura. Aferrado entre sus brazos, como un bebé roto de cuero ajado y páginas mojadas, el anciano sujetaba un viejo volumen contra su pecho, como si hubiera exhalado su último aliento sobre él.
“Así que lo que dicen los juglares es verdad. La leyenda es cierta” murmuró una mujer de rasgos esculpidos a fuegos por una vida de penuria y rapiña con la voz rota, fuera de lugar en aquel rostro “El Pueblo Culto existe. Y está claro que acabamos de encontrar uno de sus últimos tesoros” “Existió” le corrigió su compañero, un hombretón de espaldas anchas y rostros pelirrojo mal rasurado “Probablemente este sea el último” Intercambiaron una breve mirada. El resto de los cazadores esperaban fuera, y no tenían porqué entrar dentro del avión siniestrado. Ambos habían crecido escuchando las leyendas sobre los Custodios, y sin embargo un libro podía alcanzar precios astronómicos en las colonias. Podrían ser ricos. El cadáver en el suelo enfangado parecía contemplarles con mirada implorante con el libro, el último vestigio de una vida pasada y olvidada, todavía atrapado entre sus brazos. Sin mediar palabra y sabiendo que lo lamentarían la próxima vez que pasaran hambre, los dos cazadores salieron del pequeño cubículo de aire enrarecido en el que había vivido el último miembro de los Lores y las Damas sus últimos años.
Algunas leyendas debían seguir vivas. En la semioscuridad del sanctasanctórum del hombre muerto, una lágrima de sangre resbaló lentamente por su mejilla y cayó al suelo embarrado.