You know? Sometimes you just have to be a complete fuck up. I know it sounds weird when myself, and old woman of (CENSORED) years says it, but it’s true. Our society is just too full of shit and hypocrisy. Someone said once upon a time: HIPOCRESY IS THE LUB OF SOCIETY. Well, that might be true, but then our society is definitely TOO lubricated, so much that’s is slipping out of its tracks. Check out the Libyan affair, for example. No one gave a shit a damn until people over there began shooting around, and Twitter messages were too many to ignore it. Or Rihanna, that weird woman with the hellish hairstyle. What the fuck on Earth does she thinks she is doing? Every weekend she has a different hairstyle, and now her hair is red. RED, for fucks Gods sake!
- Miss Whittaker
- Viuda de avanzada edad que disfruta de los placeres de la nicotina, el vodka, y el clac-clac de su vieja máquina de escribir.
domingo, 27 de febrero de 2011
Pasteles y casitas de jengibre
Si nadie se opone a lo que haces, es que lo que hace son sirve para nada. me gusta esa cita, laa adoro más bien. La recuerdo en mis momentos más bajos, cuando con el viento me llegan las cenizas que son todo lo que quedan de alguna de mis hermanas, en esas horas oscuras de soledad en las que lo único que tengo fuerzas para hacer es sentarme en el suelo de la cocina, con mi espalda huesuda apoyada contra el horno, y llorar lágrimas negras.
Sé que mi tarea es fundamental para nuestra sociedad, y que el genocidio –tan eufemísticamente llamado purga por aristócratas atildados- no es más que uno los muchos episodios oscuros de nuestra historia, y que acabará por pasar. Pero mientras, no me queda otra que extremar las precauciones y cocinar dulces. Dulces de todo tipo. Mis favoritos son los muffins, grandes magdalenas recubiertas de glaseado multicolor y rellenas de deliciosa crema pastelera –o de chocolate, caramelo, nata o sirope de fresa. Aunque también cocino muchas otras cosas –pasteles por ejemplo.
Y después viene la parte más difícil: dejarlos abandonados por los rincones grises de las grandes ciudades, allí donde puedan ser encontrados por cualquiera. Cualquiera que siempre resulta ser un niño, una pequeña criatura la mayoría de las veces andrajosa y desnutrida con la mirada, seria y grave, desenfocada por el efecto de los dulces.
Antes o después acaban llamando a la puerta de mi casita de jengibre. Eso es lo más bello del asunto. Los pequeños rapazuelos olvidaban toda esa propaganda dañina sobre casitas de jengibre y brujas de nariz picuda. En sus pequeñas mentes solo cabía un pensamiento, una obsesión: mis dulces.
Debéis saber que nada hace más feliz a una bruja pastelera que el ansia de un niño por sus –deliciosos- dulces. A pesar de ello, una bruja nunca NUNCA probará sus propios dulces, excepto uno –el Pastel de Sangre. La síntesis perfecta entre una de nosotras y uno de los niños. Tras vivir en felicidad plena durante hasta varios meses, alejados de las penurias de su vida mendicante, apagamos esa pequeña chispa vital que habría titilado agónicamente durante toda una vida de crueldades y penurias –la salvamos, pienso yo. Y hacemos el Pastel de Sangre y nos lo comemos, de forma que acogemos en nuestro cuerpo su alma inmortal.
En efecto, sé que admiráis nuestra bondad. Reconoceré que nosotras también ganamos algo –cada Pastel de Sangre nos mantiene jóvenes y nos fortalece.
Por supuesto de cuando en cuando hay problemas. Siempre están las madres –en su mayoría furcias y mujeres de mala muerte- que echan en falta el dinero que sus pobres hijitos sacaban mendigando –todas unos monstruos explotadores. En este momento, tres o cuatro adornan mi jardín.
¡Oh! ¿Qué es lo que oigo? El horno está listo.
domingo, 13 de febrero de 2011
El principio
El invierno que se aproximaba sería muy duro, todo el mundo lo sabía. Las -pobres- cosechas de ese año habían sido entregadas casi en su totalidad a los ejércitos imperiales, y hasta los niños entendían ya que los bosques eran hostiles para los humanos.
La guerra contra las Cortes Faéricas se encontraba en su punto álgido y el emperador Ludwig dirigía sus ejércitos -y su imperio-con mano de hierro. Grandes victorias eran ganadas, sí, pero por cada bosque talado o quemado, por cada vez que las hadas tenían se veían forzadas a retroceder más a sus refugios naturales alguna ciudad de otra parte del imperio erigida al borde de un bosque amanecía para encontrar que era una ciudad fantasma, donde los habitantes habían desaparecido y la naturaleza había invadido las calles.
Hasta en la propia Navinia, capital imperial, habían tenido que quemar los jardines de palacio, después de que por la noche crecieran de forma descontrolada, hicieran desaparecer a tres guardias, ocuparan todo un ala de palacio y casi llegaran a los aposentos de Elinor, la hija del emperador.
Pero todo eso iba a cambiar. Se decía que las tropas de élite del emperador habían conseguido capturar un hada viva. Para muchos, eso representaba una nueva esperanza, ya que nunca se había conseguido antes. A través de los interrogatorios podrían conseguir información que les abriesen los ojos a nuevas formas de combatir a sus enigmáticos enemigos. Y también se decía -aunque nadie sabía muy bien quién lo decía- que Ludwig tenía pensado ejecutarla pronto, tras sonsacarle toda la información posible. Constituiría la primera victoria irrefutable para los humanos, sin contrapartida. Lo último que se decía -aunque esto se decía bastante menos y en círculos más elevados- que la ejecución del cautivo iniciaría una nueva campaña contra las Cortes, mucho más agresiva ya que Ludwig haría uso de la más reciente baza de los humanos -la pólvora. Aquello debía ser el principio del fin de la guerra.
Las prisiones de Ludwig no eran para nada tan malas como las pintaban. Solían estar bien ventiladas, limpias, no muy mal iluminadas y desde luego n había ratas ni ancianos enloquecidos y dados por muertos. Bien, pues la celda 77 era una excepción. Era un cubículo de apenas tres metros cuadrados de barro con un jergón enmohecido y un estrecho ventanuco enrejado por el que se colaban los gorriones para defecar. La puerta, un tablero de gruesa madera con remaches de hierro, se había abierto a lo largo de los siglos a los más peligrosos enemigos del emperador. Pero era la primera vez que le cerraba el paso a un hada.
El hada en cuestión aparecía como una figura masculina, de ojos antinaturalmente dorados y pelo color avellana, pero que estaba apelmazado de barro y suciedad.Le habían vestido con con uno de los sayos grises que le daban a los prisioneros, con el que claramente se sentía incómodo, ya que no paraba de moverse y rascarse y ronchones rojos habían aparecido sobre su piel.
Ludwig todavía no había visitado a sus prisionero, algunos decían que porque su presencia le incomodaba, o le intimidaba. Otros, más conscientes, que el emperador no quería tomar riesgos innecesarios. Se decía que las hadas podían cautivar a un humano con una mirada, y que con una caricia te enamorabas locamente.
Quien no sabía tanto de aquellos cuentos de viejas, o quizás no le importaban, era la joven de tirabuzones pelirrojos que entraba en la celda en ese momento, con una capucha ocultando sus chispeantes ojos verdes, fijos en los dorados del otro.
No era la primera vez que la joven Elinor, la hija mayor de Ludwig, llegaba hasta la celda 77, pero nunca paraba de marearle el intenso aroma de los potentes narcóticos que le administraban para mantenerlo manso.
Con diecinueve años, Elinor tenía bastante más poder que muchos altos cargos del gobierno imperial, y había usado toda su influencia -y muchos sobornos- para llegar hasta allí muchas veces antes.
Un observador atento habría observado que Elinor siempre salía de la celda 77 con el elo revuelto, las mejillas sonrojadas y colocándose la ropa. Afortunadamente para su reputación a los guardias se les pagaba para no ser observadores atentos. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche los guardias habían sido pagados para desaparecer de allí.
Aquella noche no había arrumacos, ni una de las pausadas conversaciones durante las cuales el hada parecía recobrar la lucidez y de las que Elinor tanto disfrutaba. Solo un breve ademán de cabeza y la mano extendida de ella, a la que él se aferró para incorporarse trabajosamente. A Elinor se le encogió el corazón. Recordaba perfectamente la primera que le había visto, cuando el desafió todavía brillaba en sus ojos. La forma en que se había enamorado nada más ver su grácil elegancia, su callada dignidad. Incluso cuando, con el paso e las semanas ese ojos dorados se fueron nublando por las drogas, Elinor no sintió más que como su amor crecía.
Y por fin, después de mucha planificación, lo estaban haciendo -estaban escapando.
Cojeaban todo lo rápido que podían por pasadizos secretos que Elinor se había asegurado de que estarían vacíos, mientras ella sentía como su corazón batía como cien tambores en su pecho ¡escapaba junto su amado!
De pronto, el hada se paró y le puso una mano en el vientre. Habló, con el acento musical que ella tanto amaba:
- Estás encinta, mi princesa.
- ¡QUÉ! No puede ser -el corazón de Elinor ahora latía desbocado. Aquella no había sido planeado, y no le gustaban las sorpresas- Tomé precauciones. Hay hierbas y....
- Shh -le interrumpió suavemente el hada, colocando un larguísimo dedo sobre sus labios y sonriendo- Esto es lo mejor que podría habernos pasado.
- Pero... ¿y las hierbas?
El hada soltó una breve carcajada.
- Princesa, la sangre faérica no puede ser detenida con hierbas. Ahora apresurémonos.
Siguieron andando en silencio, pero ahora una de las manos de Elinor iba sobre su vientre, mientras intentaba asimilar la revelación. Bueno, lo cuidarían juntos.
Por fin llegaron al patio interior donde les esperaban los caballos, ya enjaezados por una de las muchas manos invisible que existen en todos los palacios y que no hacen preguntas. El frescor nocturno y una suave brisa hicieron que Elinor se estremeciera bajo su chal. Había luna llena y, al ser bañado por su luz, el hada se separó de golpe de Elinor, su cojera desapareció y pareció más alto. El dorado se sus ojos relumbró un instante, y una lágrima solitaria corrió por su mejilla.
- Me has sacado de aquí -dijo, y una profunda emoción ahogaba su voz- Pensé que nunca volvería a ver la luna -Elinor se adelantó para besarle, pero él se apartó- Niña estúpida.
- ¿Qué? No entiendo... -pero sí entendía. Todo lo que hasta ese momento había considerado cuentos de viejas volvía ahora a su mente, revestidos de un nuevo significado.
- Has mezclado tu sangre con la mía, y volveré a por mi descendiente.
- ¡No! -chilló Elinor, lágrimas resbalando por su rostro. Se lanzó contra el hada, pero esta se deshizo en una nube de mariposas doradas que se perdieron en la noche, dejando sola a Elinor en el patio, llorando de rodillas, y abrazándose el vientre.
La guerra contra las Cortes Faéricas se encontraba en su punto álgido y el emperador Ludwig dirigía sus ejércitos -y su imperio-con mano de hierro. Grandes victorias eran ganadas, sí, pero por cada bosque talado o quemado, por cada vez que las hadas tenían se veían forzadas a retroceder más a sus refugios naturales alguna ciudad de otra parte del imperio erigida al borde de un bosque amanecía para encontrar que era una ciudad fantasma, donde los habitantes habían desaparecido y la naturaleza había invadido las calles.
Hasta en la propia Navinia, capital imperial, habían tenido que quemar los jardines de palacio, después de que por la noche crecieran de forma descontrolada, hicieran desaparecer a tres guardias, ocuparan todo un ala de palacio y casi llegaran a los aposentos de Elinor, la hija del emperador.
Pero todo eso iba a cambiar. Se decía que las tropas de élite del emperador habían conseguido capturar un hada viva. Para muchos, eso representaba una nueva esperanza, ya que nunca se había conseguido antes. A través de los interrogatorios podrían conseguir información que les abriesen los ojos a nuevas formas de combatir a sus enigmáticos enemigos. Y también se decía -aunque nadie sabía muy bien quién lo decía- que Ludwig tenía pensado ejecutarla pronto, tras sonsacarle toda la información posible. Constituiría la primera victoria irrefutable para los humanos, sin contrapartida. Lo último que se decía -aunque esto se decía bastante menos y en círculos más elevados- que la ejecución del cautivo iniciaría una nueva campaña contra las Cortes, mucho más agresiva ya que Ludwig haría uso de la más reciente baza de los humanos -la pólvora. Aquello debía ser el principio del fin de la guerra.
Las prisiones de Ludwig no eran para nada tan malas como las pintaban. Solían estar bien ventiladas, limpias, no muy mal iluminadas y desde luego n había ratas ni ancianos enloquecidos y dados por muertos. Bien, pues la celda 77 era una excepción. Era un cubículo de apenas tres metros cuadrados de barro con un jergón enmohecido y un estrecho ventanuco enrejado por el que se colaban los gorriones para defecar. La puerta, un tablero de gruesa madera con remaches de hierro, se había abierto a lo largo de los siglos a los más peligrosos enemigos del emperador. Pero era la primera vez que le cerraba el paso a un hada.
El hada en cuestión aparecía como una figura masculina, de ojos antinaturalmente dorados y pelo color avellana, pero que estaba apelmazado de barro y suciedad.Le habían vestido con con uno de los sayos grises que le daban a los prisioneros, con el que claramente se sentía incómodo, ya que no paraba de moverse y rascarse y ronchones rojos habían aparecido sobre su piel.
Ludwig todavía no había visitado a sus prisionero, algunos decían que porque su presencia le incomodaba, o le intimidaba. Otros, más conscientes, que el emperador no quería tomar riesgos innecesarios. Se decía que las hadas podían cautivar a un humano con una mirada, y que con una caricia te enamorabas locamente.
Quien no sabía tanto de aquellos cuentos de viejas, o quizás no le importaban, era la joven de tirabuzones pelirrojos que entraba en la celda en ese momento, con una capucha ocultando sus chispeantes ojos verdes, fijos en los dorados del otro.
No era la primera vez que la joven Elinor, la hija mayor de Ludwig, llegaba hasta la celda 77, pero nunca paraba de marearle el intenso aroma de los potentes narcóticos que le administraban para mantenerlo manso.
Con diecinueve años, Elinor tenía bastante más poder que muchos altos cargos del gobierno imperial, y había usado toda su influencia -y muchos sobornos- para llegar hasta allí muchas veces antes.
Un observador atento habría observado que Elinor siempre salía de la celda 77 con el elo revuelto, las mejillas sonrojadas y colocándose la ropa. Afortunadamente para su reputación a los guardias se les pagaba para no ser observadores atentos. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche los guardias habían sido pagados para desaparecer de allí.
Aquella noche no había arrumacos, ni una de las pausadas conversaciones durante las cuales el hada parecía recobrar la lucidez y de las que Elinor tanto disfrutaba. Solo un breve ademán de cabeza y la mano extendida de ella, a la que él se aferró para incorporarse trabajosamente. A Elinor se le encogió el corazón. Recordaba perfectamente la primera que le había visto, cuando el desafió todavía brillaba en sus ojos. La forma en que se había enamorado nada más ver su grácil elegancia, su callada dignidad. Incluso cuando, con el paso e las semanas ese ojos dorados se fueron nublando por las drogas, Elinor no sintió más que como su amor crecía.
Y por fin, después de mucha planificación, lo estaban haciendo -estaban escapando.
Cojeaban todo lo rápido que podían por pasadizos secretos que Elinor se había asegurado de que estarían vacíos, mientras ella sentía como su corazón batía como cien tambores en su pecho ¡escapaba junto su amado!
De pronto, el hada se paró y le puso una mano en el vientre. Habló, con el acento musical que ella tanto amaba:
- Estás encinta, mi princesa.
- ¡QUÉ! No puede ser -el corazón de Elinor ahora latía desbocado. Aquella no había sido planeado, y no le gustaban las sorpresas- Tomé precauciones. Hay hierbas y....
- Shh -le interrumpió suavemente el hada, colocando un larguísimo dedo sobre sus labios y sonriendo- Esto es lo mejor que podría habernos pasado.
- Pero... ¿y las hierbas?
El hada soltó una breve carcajada.
- Princesa, la sangre faérica no puede ser detenida con hierbas. Ahora apresurémonos.
Siguieron andando en silencio, pero ahora una de las manos de Elinor iba sobre su vientre, mientras intentaba asimilar la revelación. Bueno, lo cuidarían juntos.
Por fin llegaron al patio interior donde les esperaban los caballos, ya enjaezados por una de las muchas manos invisible que existen en todos los palacios y que no hacen preguntas. El frescor nocturno y una suave brisa hicieron que Elinor se estremeciera bajo su chal. Había luna llena y, al ser bañado por su luz, el hada se separó de golpe de Elinor, su cojera desapareció y pareció más alto. El dorado se sus ojos relumbró un instante, y una lágrima solitaria corrió por su mejilla.
- Me has sacado de aquí -dijo, y una profunda emoción ahogaba su voz- Pensé que nunca volvería a ver la luna -Elinor se adelantó para besarle, pero él se apartó- Niña estúpida.
- ¿Qué? No entiendo... -pero sí entendía. Todo lo que hasta ese momento había considerado cuentos de viejas volvía ahora a su mente, revestidos de un nuevo significado.
- Has mezclado tu sangre con la mía, y volveré a por mi descendiente.
- ¡No! -chilló Elinor, lágrimas resbalando por su rostro. Se lanzó contra el hada, pero esta se deshizo en una nube de mariposas doradas que se perdieron en la noche, dejando sola a Elinor en el patio, llorando de rodillas, y abrazándose el vientre.
jueves, 3 de febrero de 2011
Qué despropósito
Un intenso pitido perforaba sus oídos. Y blanco. Y el lacerante pitido. Y blanco.
Y entonces paró.
Dio un par de pasos tambaleantes, hasta que sus piernas se cruzaron y tuvo que apoyarse en un tronco parra no caer. Su vista empezaba a aclararse, pero el pitido no remitía. Observó la superficie sobre la que había apoyado la mano. El grueso tronco de un gigante arbóreo, tan cubierto de musgo que las puntas de sus dedos se perdían en su fresco interior. Una enorme lagartija, roja y verde, se deslizó por entre sus dedos y se hundió en el musgo.
Según iba recuperando los sentidos, el sr Gaiman se dio cuenta de que en aquel bosque estaba lloviendo tan intensamente que se empezaban a formar torrentes por el suelo selvático. Al menos todavía no había sido devorado, pensó amargamente. Eso debía significar algo, ¿no? Al fin y al cabo, que su nave hubiera sido literalmente partida en dos por un rayo no era sino mala suerte, pero no haber sido devorado todavía era una señal de que la providencia le sonreía.. Escupió sangre y saliva a partes iguales, se sacudió el agua de la capa impermeable negra y se recogió el pelo blanco en una chorreante cola de caballo.
Incluso empapado, magullado, cubierto de desechos y con la ropa y una ceja chamuscadas, el sr Gaiman era de presencia imponente. A ello contribuían sus casi dos metros de estatura, su porte aristocrático, su largo pelo blanco y sus ojos grises, que chispeaban con cínica inteligencia.
Suspiró exasperado y se arrimó un poco más al tronco del gigante arbóreo, buscando el pobre refugio que le ofrecía la inmensa copa.
Comprobó con alivio que su pistola funcionaba. Suponía que lo que debía hacer ahora era buscar supervivientes del siniestro, aunque dudaba mucho que alguno de esos necios que él se había empecinado en llamar tripulación hubieran sobrevivido. Inútiles. Si no se hubieran desviado de su rumbo él ya estaría en Selen, el satélite artificial que se había desarrollado a partir de la Estación Espacial Internaciones y que se había convertido en el gigantesco epicentro del comercio interplanetario
En ese momento un movimiento entre los arbustos rojo chillón interrumpió su línea de pensamiento. Desenfundó su pistola: o sabía nada de la fauna salvaje de aquel planeta, pero él no era uno que tomara riesgos innecesarios. Fauna salvaje. Qué despropósito. En la Tierra, gracias a Dios, ya no había de esa. Ah, la Tierra. Ese sí era un planeta civilizado. Y para colmo de males seguro que ya se le había pasado la hora del té.
Escupió otra vez, más sangre que saliva, pero el esputo no llegó a tocar el suelo. Un pequeño mono blanco, de ojos saltones y círculos negros alrededor como los de los pandas (o eso había leído el sr Gaiman, ya que ya no había pandas en la Tierra ¿Pandas para qué? Imagínate. Qué despropósito) saltó de entre los arbustos y se tragó el escupitajo. El sr Gaiman no dudó. Lo abatió de un certero disparo y el pequeño cadáver cayó a un torrente, que no tardó en teñirse de rojo. Intentando ignorar el hecho -que le producía arcadas- de que un bicho acababa de tragarse su esputo empezó a avanzar en dirección a ninguna parte. Qué barbaridad. Como sangraba aquel bicho. Qué despropósito. Y no paraban de caer rayos ni de llover. En la Tierra no llovía, gracias a Dios, porque la Tierra era un planeta civilizado.
Y entonces se fijó en un par de ojos saltones que le observaban desde la policroma fronda. Y en otro. Y en otro. Y en diez más. Antes de poder disparar una sola vez ya se le habían echado encima docenas de monitos blancos, desgarrando ropa y piel con pequeños dientes puntiagudos.
Su último pensamiento consciente fue que lo que el primer monito buscaba no era la saliva, sino la sangre en el escupitajo. Bueno. Eso ya era más razonable.
Y entonces paró.
Dio un par de pasos tambaleantes, hasta que sus piernas se cruzaron y tuvo que apoyarse en un tronco parra no caer. Su vista empezaba a aclararse, pero el pitido no remitía. Observó la superficie sobre la que había apoyado la mano. El grueso tronco de un gigante arbóreo, tan cubierto de musgo que las puntas de sus dedos se perdían en su fresco interior. Una enorme lagartija, roja y verde, se deslizó por entre sus dedos y se hundió en el musgo.
Según iba recuperando los sentidos, el sr Gaiman se dio cuenta de que en aquel bosque estaba lloviendo tan intensamente que se empezaban a formar torrentes por el suelo selvático. Al menos todavía no había sido devorado, pensó amargamente. Eso debía significar algo, ¿no? Al fin y al cabo, que su nave hubiera sido literalmente partida en dos por un rayo no era sino mala suerte, pero no haber sido devorado todavía era una señal de que la providencia le sonreía.. Escupió sangre y saliva a partes iguales, se sacudió el agua de la capa impermeable negra y se recogió el pelo blanco en una chorreante cola de caballo.
Incluso empapado, magullado, cubierto de desechos y con la ropa y una ceja chamuscadas, el sr Gaiman era de presencia imponente. A ello contribuían sus casi dos metros de estatura, su porte aristocrático, su largo pelo blanco y sus ojos grises, que chispeaban con cínica inteligencia.
Suspiró exasperado y se arrimó un poco más al tronco del gigante arbóreo, buscando el pobre refugio que le ofrecía la inmensa copa.
Comprobó con alivio que su pistola funcionaba. Suponía que lo que debía hacer ahora era buscar supervivientes del siniestro, aunque dudaba mucho que alguno de esos necios que él se había empecinado en llamar tripulación hubieran sobrevivido. Inútiles. Si no se hubieran desviado de su rumbo él ya estaría en Selen, el satélite artificial que se había desarrollado a partir de la Estación Espacial Internaciones y que se había convertido en el gigantesco epicentro del comercio interplanetario
En ese momento un movimiento entre los arbustos rojo chillón interrumpió su línea de pensamiento. Desenfundó su pistola: o sabía nada de la fauna salvaje de aquel planeta, pero él no era uno que tomara riesgos innecesarios. Fauna salvaje. Qué despropósito. En la Tierra, gracias a Dios, ya no había de esa. Ah, la Tierra. Ese sí era un planeta civilizado. Y para colmo de males seguro que ya se le había pasado la hora del té.
Escupió otra vez, más sangre que saliva, pero el esputo no llegó a tocar el suelo. Un pequeño mono blanco, de ojos saltones y círculos negros alrededor como los de los pandas (o eso había leído el sr Gaiman, ya que ya no había pandas en la Tierra ¿Pandas para qué? Imagínate. Qué despropósito) saltó de entre los arbustos y se tragó el escupitajo. El sr Gaiman no dudó. Lo abatió de un certero disparo y el pequeño cadáver cayó a un torrente, que no tardó en teñirse de rojo. Intentando ignorar el hecho -que le producía arcadas- de que un bicho acababa de tragarse su esputo empezó a avanzar en dirección a ninguna parte. Qué barbaridad. Como sangraba aquel bicho. Qué despropósito. Y no paraban de caer rayos ni de llover. En la Tierra no llovía, gracias a Dios, porque la Tierra era un planeta civilizado.
Y entonces se fijó en un par de ojos saltones que le observaban desde la policroma fronda. Y en otro. Y en otro. Y en diez más. Antes de poder disparar una sola vez ya se le habían echado encima docenas de monitos blancos, desgarrando ropa y piel con pequeños dientes puntiagudos.
Su último pensamiento consciente fue que lo que el primer monito buscaba no era la saliva, sino la sangre en el escupitajo. Bueno. Eso ya era más razonable.
sábado, 29 de enero de 2011
La emperatriz del cuento de hadas
Las luces de cientos de lámparas eléctricas refulgían en el oro omnipresente en la sala, y se fragmentaba en mil en las siete grandes lámparas de araña que colgaban del techo abovedado, ostentosamente cubierto con frescos. Cristal faérico, se decía. Se decía, pero por supuesto siempre en susurros y solo a los oídos adecuados. Al fin y al cabo, Navinia estaba en guerra con las Cortes Faéricas. Pero por supuesto tampoco nadie negaba que fuera el cristal más fino.
Aunque aquella noche estaba prohibido hablar de guerras y desgracias. Se celebraba el décimo cumpleaños de la nieta de la emperatriz y todo debía ser dicha y jolgorio -por Decreto Imperial. Por deseo expreso de la pequeña aquello era un baile de disfraces, lo que implicaba que la inmensa sala estaba llena de plumas, terciopelo, oropeles y cascabeles.
Una mujer ya mayor, de pelo gris acero recogido en un moño bajo que estaba sujeto con una redecilla de esmeraldas, del mismo color que sus ojos cansados, observaba la ciudad que se extendía ante ella. El rumor apagado de la fiesta llegaba hasta ella, enmudecido casi por las gruesas puertas de cristal esmerilado que daban al balcón. A pesar de que mantenía la expresión cuidadosamente serena -nunca se sabía quién podía estar observándote- sus ojos eran dos pozos de preocupación, lo que la asustaba e indignaba a partes iguales: ¡Ella, Elinor Bellatrix de Navinia, asustada por un polvoriento cuento de hadas! Aquel mundo estaba cambiando. De eso daba testimonio su propia ciudad, donde las luces eléctricas ya superaban en número a los candiles y no una, sino dos líneas de ferrocarril la cruzaban. El tipo de magia que ella temía había sido hecha retroceder a lo más profundo de los bosques con pólvora y acero, y ahora solo moraba en los cruces de caminos, las profundas pozas de los bosques y las casitas de jengibre. Y sin embargo, tenía miedo. Le aterraba la perspectiva de que se llevaran a su nieta. Durante diez largos años, desde que su querida hija había dado a luz a esa niñita de ojos dispares había estado aguantando el aliento, consumiéndose lentamente mientras contaba los días -los años- que avanzaban inexorablemente al décimo cumpleaños de su nieta.
En ese momento reparó en un pequeño libro de cuentos infantiles que alguien había dejado apoyada en la balaustrada del balcón. Estaba elegantemente encuadernado, con un dibujo impreso en la portada de terciopelo azul que representaba a una mujer de aspecto bondadosos con alitas de libélula. Lo abrió frunciendo el ceño; desde la reciente invención de la imprenta aquellos volúmenes de cuentos infantiles estaban por todas partes, con sus versiones edulcoradas de las hadas. Propaganda enemiga. Como si se parecieran en nada a mujeres. Y menos bondadosas. Y desde luego no iban por ahí convirtiendo ratones en cocheros, sino más bien al revés.
Un nombre al final de una hoja llamó su atención: su propio nombre. Con curiosidad que rápidamente se tornó en horror leyó lo escrito en esa página:
...y la joven Elinor se abandonó a aquel amor prohibido con el prisionero de su padre sin pensar en las consecuencias. pero las consecuencias se materializaron nueve meses después en una preciosa niña, completamente humana. Elinor respiró, inmensamente aliviada. Pero lo que ella no sabía era que la sangre faérica era caprichosa y gustaba de saltar generaciones...
Pasó la página, jadeando de horror, pero estaba en blanco, a excepción de una pequeña anotación en el centro de la página que decía HE VENIDO A POR MI NIETA
Arrojando el libro al suelo abrió de golpe las puertas que daban al salón de baile y pasó como una exhalación por entre los guardias que que habían estado velando por su privacidad.
Se dirigía hacia el centro de la sala, dónde estaría bailando la familia real, y a su paso creaba ondas concéntricas de desconcierto, fracturando en mil pedazos los intrincados patrones de los bailes palaciegos. Solo una vez se chocó contra alguien, un alto individuo vestido de verde y dorado, con una máscara en forma de hoja a través de la que se veían los ojos, de un dorado antinatural, que le susurró al pasar Ha venido el abuelo... Elinor no se detuvo en su frenesí por alcanzar a su nieta a tiempo, sabiendo que sería inútil.
Se abalanzó sobre su nieta, que levantó la vista sorprendida ante el repentino abrazo de su por lo general fría abuela. Elinor, vestida de gala y ante toda la aristocracia de su imperio, no podía parar de llorar, gruesos lagrimones cayendo por sus enjutas mejillas, abrazando de rodillas a su sorprendida nieta.
Y entonces de súbito la infanta se volatilizó en el aire, dejando en su lugar una nube de gorgojeantes jilgueros azules que, tras escapar del vestido por las mangas y el cuello, se apresuraron a perderse en la noche a través de la puerta que Elinor había dejado abierta.
La emperatriz se incorporó lentamente, la rabia congelada en su rostro irrigado por las lágrimas. Abrió la boca para decir algo, la furia centelleando en sus ojos verdes, pero ningún sonido salió de ella.
En el atónito silencio que se había apoderado de la sala, todos los allí presentes escucharon el escalofriante crujido, similar al de un árbol al caer, con el que la emperatriz misma empezó a cambiar de forma: su piel se acartonó, se agrietó, se oscureció y adquirió la textura de la madera, al tiempo que su cabello florecía y se convertía en gruesas ramas mientras sus piernas se alagaban, engrosaban y se unían formando un tronco que se hundió en el suelo, rompiendo el parqué. Las lágrimas fueron lo último en desaparecer, convirtiéndose en gotitas de rocío sobre el rostro, escalofriantemente realista, de la furia de la emperatriz en el tronco.
Y, aunque la verdad es nadie volvió a entrar en esa sala nunca más, se dice que de cuando un cuando un jilguero azul entra por uno de los tragaluces y se posa en las ramas del gran roble.
Aunque aquella noche estaba prohibido hablar de guerras y desgracias. Se celebraba el décimo cumpleaños de la nieta de la emperatriz y todo debía ser dicha y jolgorio -por Decreto Imperial. Por deseo expreso de la pequeña aquello era un baile de disfraces, lo que implicaba que la inmensa sala estaba llena de plumas, terciopelo, oropeles y cascabeles.
Una mujer ya mayor, de pelo gris acero recogido en un moño bajo que estaba sujeto con una redecilla de esmeraldas, del mismo color que sus ojos cansados, observaba la ciudad que se extendía ante ella. El rumor apagado de la fiesta llegaba hasta ella, enmudecido casi por las gruesas puertas de cristal esmerilado que daban al balcón. A pesar de que mantenía la expresión cuidadosamente serena -nunca se sabía quién podía estar observándote- sus ojos eran dos pozos de preocupación, lo que la asustaba e indignaba a partes iguales: ¡Ella, Elinor Bellatrix de Navinia, asustada por un polvoriento cuento de hadas! Aquel mundo estaba cambiando. De eso daba testimonio su propia ciudad, donde las luces eléctricas ya superaban en número a los candiles y no una, sino dos líneas de ferrocarril la cruzaban. El tipo de magia que ella temía había sido hecha retroceder a lo más profundo de los bosques con pólvora y acero, y ahora solo moraba en los cruces de caminos, las profundas pozas de los bosques y las casitas de jengibre. Y sin embargo, tenía miedo. Le aterraba la perspectiva de que se llevaran a su nieta. Durante diez largos años, desde que su querida hija había dado a luz a esa niñita de ojos dispares había estado aguantando el aliento, consumiéndose lentamente mientras contaba los días -los años- que avanzaban inexorablemente al décimo cumpleaños de su nieta.
En ese momento reparó en un pequeño libro de cuentos infantiles que alguien había dejado apoyada en la balaustrada del balcón. Estaba elegantemente encuadernado, con un dibujo impreso en la portada de terciopelo azul que representaba a una mujer de aspecto bondadosos con alitas de libélula. Lo abrió frunciendo el ceño; desde la reciente invención de la imprenta aquellos volúmenes de cuentos infantiles estaban por todas partes, con sus versiones edulcoradas de las hadas. Propaganda enemiga. Como si se parecieran en nada a mujeres. Y menos bondadosas. Y desde luego no iban por ahí convirtiendo ratones en cocheros, sino más bien al revés.
Un nombre al final de una hoja llamó su atención: su propio nombre. Con curiosidad que rápidamente se tornó en horror leyó lo escrito en esa página:
...y la joven Elinor se abandonó a aquel amor prohibido con el prisionero de su padre sin pensar en las consecuencias. pero las consecuencias se materializaron nueve meses después en una preciosa niña, completamente humana. Elinor respiró, inmensamente aliviada. Pero lo que ella no sabía era que la sangre faérica era caprichosa y gustaba de saltar generaciones...
Pasó la página, jadeando de horror, pero estaba en blanco, a excepción de una pequeña anotación en el centro de la página que decía HE VENIDO A POR MI NIETA
Arrojando el libro al suelo abrió de golpe las puertas que daban al salón de baile y pasó como una exhalación por entre los guardias que que habían estado velando por su privacidad.
Se dirigía hacia el centro de la sala, dónde estaría bailando la familia real, y a su paso creaba ondas concéntricas de desconcierto, fracturando en mil pedazos los intrincados patrones de los bailes palaciegos. Solo una vez se chocó contra alguien, un alto individuo vestido de verde y dorado, con una máscara en forma de hoja a través de la que se veían los ojos, de un dorado antinatural, que le susurró al pasar Ha venido el abuelo... Elinor no se detuvo en su frenesí por alcanzar a su nieta a tiempo, sabiendo que sería inútil.
Se abalanzó sobre su nieta, que levantó la vista sorprendida ante el repentino abrazo de su por lo general fría abuela. Elinor, vestida de gala y ante toda la aristocracia de su imperio, no podía parar de llorar, gruesos lagrimones cayendo por sus enjutas mejillas, abrazando de rodillas a su sorprendida nieta.
Y entonces de súbito la infanta se volatilizó en el aire, dejando en su lugar una nube de gorgojeantes jilgueros azules que, tras escapar del vestido por las mangas y el cuello, se apresuraron a perderse en la noche a través de la puerta que Elinor había dejado abierta.
La emperatriz se incorporó lentamente, la rabia congelada en su rostro irrigado por las lágrimas. Abrió la boca para decir algo, la furia centelleando en sus ojos verdes, pero ningún sonido salió de ella.
En el atónito silencio que se había apoderado de la sala, todos los allí presentes escucharon el escalofriante crujido, similar al de un árbol al caer, con el que la emperatriz misma empezó a cambiar de forma: su piel se acartonó, se agrietó, se oscureció y adquirió la textura de la madera, al tiempo que su cabello florecía y se convertía en gruesas ramas mientras sus piernas se alagaban, engrosaban y se unían formando un tronco que se hundió en el suelo, rompiendo el parqué. Las lágrimas fueron lo último en desaparecer, convirtiéndose en gotitas de rocío sobre el rostro, escalofriantemente realista, de la furia de la emperatriz en el tronco.
Y, aunque la verdad es nadie volvió a entrar en esa sala nunca más, se dice que de cuando un cuando un jilguero azul entra por uno de los tragaluces y se posa en las ramas del gran roble.
jueves, 27 de enero de 2011
Colgando cosas sueltas de mi ordenador
Melissa observaba el mar, sus ojos dos espejos azul eléctrico que reflejaban el otro azul, completamente distinto, de las olas que se extendían hacia el infinito. Allí, entre las ruinas de lo que en un momento había sido una casa señorial, los recuerdos acosaban a Melissa, fantasmas de su pasado que habría creido enterrados hacía mucho tiempo. Pero allí había empezado todo, en aquella mansión señorial, hacia ya tres años, cuando la joven por aquel entonces aristócrata había observado, aterrada, como las tropas del rey invadían la casa, degollaban a su padre y violaban y mataban a su madre. Recordaba haber preguntado entre sollozos por qué le hacían esto a ellos, una de las familias más antiguas del reino, una de las pocas que siempre se habían mostrado fieles y habían permanecido al lado del rey y al capitán -un hombre tuerto y cruel, por cuyo único ojo rezumaba más maldad que la que la joven había visto en su vida, respondiendo lentamente, mientras se acercaba a ella con la espada desenvainada: "Alguien me ha dicho que tu hermana ha estado jugando con cosas prohibidas" La comprensión la había golpeado como una ola, haciendola trastabillar. Su hermana Clarissa había abandonado los terrenos de la familia medio año atrás, respondiendo la llamada de las brujas del mar. Se había dejado caer al mar embravecido desde la torre del homenaje, y la familia la había dado por muerta, ya que todo el mundo sabía que las brujas del mar solo aceptaban a unas pocas de las que llamaban.
Melissa esbozó una sonrisa amarga. Qué poco sabía ella entonces, ignorante de los acontecimientos que habían llevado al castigo ejemplar de su familia. Había supuesto que habría cometido algún crimen -las brujas no eran conocidas por ser ciudadanas ejemplares- y que el rey había conseguido rastrear su identidad hasta su familia. Se había quedado corta en su razonamiento, pero eso ella no lo sabía. Las brujas del mar habían aceptado a Clarissa, oh sí. La joven y talentosa aristócrata se había hecho su hueco en el aquelarre en un tiempo record y, ya como una bruja del mar, había empezado a atender a las fiestas de la alta sociedad que se organizaban en la capital disfrazada en la piel de una cortesana o una dama. Allí había conocido al príncipe, del que se enamoró inmediatamente. El príncipe también reparó en la joven dama desconocida de ojos azules eléctrico -ojos de bruja- pómulos marcados y piel pálida. No pasó un mes antes de que empezaran a verse en secreto, y su relación los convirtió en amantes. Pero solo pasaron unos meses antes de que el príncipe, hombre mujeriego y atractivo, se posara en una nueva flor. Cuando Clarissa los encontró uno en brazos del otro en el lecho principesco su cuento de hadas acabó, y con el romance de la bruja acabó el príncipe. El rey encontró dos estatuas de sal, abrazadas en ardiente frenesí, en vez de la cortesana y su hijo.
Pero por aquel entonces Melissa no había sabido nada de eso. El capitán la había acorralado en la biblioteca, con sus grandes ventanales que daban al acantilado y al mar, muchos metros más abajo. Con las lágrimas derramándose de sus ojos -todavía marrones-, había dado la espalda al capitán y, sin pensarlo dos veces, había arremetido contra el cristal, fragmentándolo en una lluvia de gotas cortantes que la acompañó en la caída, junto con el recuerdo de los chillidos de su madre y los ojos desorbitados y sin vida de su padre. Aún en el presente, cuando lo recordaba, no conseguí explicarse como había reunido el valor necesario como para lanzarse a los brazos de las brujas del mar, sin haber oído nunca sus cánticos. Era algo nunca visto, y mientras caía Melissa estaba convencia de que moriría. Pero no fue así. Su hermana intercedió por ella y se aceptó a la segunda hija de la familia, así como se había aceptado a la primogénita.
Las figuras que iban saliendo lentamente del mar se reflejaban en las pupilas de la bruja. Tres años le había llevado reunir la influencia necesaria como para movilizar a las brujas del mar en contra del rey -y no es que Clarissa, deshechos ya todos los lazos que la habían atado a su familia, la hubiera ayudado en gran medida. Pero lo había hecho. Y ahora había llegado la hora de la venganza.
Melissa esbozó una sonrisa amarga. Qué poco sabía ella entonces, ignorante de los acontecimientos que habían llevado al castigo ejemplar de su familia. Había supuesto que habría cometido algún crimen -las brujas no eran conocidas por ser ciudadanas ejemplares- y que el rey había conseguido rastrear su identidad hasta su familia. Se había quedado corta en su razonamiento, pero eso ella no lo sabía. Las brujas del mar habían aceptado a Clarissa, oh sí. La joven y talentosa aristócrata se había hecho su hueco en el aquelarre en un tiempo record y, ya como una bruja del mar, había empezado a atender a las fiestas de la alta sociedad que se organizaban en la capital disfrazada en la piel de una cortesana o una dama. Allí había conocido al príncipe, del que se enamoró inmediatamente. El príncipe también reparó en la joven dama desconocida de ojos azules eléctrico -ojos de bruja- pómulos marcados y piel pálida. No pasó un mes antes de que empezaran a verse en secreto, y su relación los convirtió en amantes. Pero solo pasaron unos meses antes de que el príncipe, hombre mujeriego y atractivo, se posara en una nueva flor. Cuando Clarissa los encontró uno en brazos del otro en el lecho principesco su cuento de hadas acabó, y con el romance de la bruja acabó el príncipe. El rey encontró dos estatuas de sal, abrazadas en ardiente frenesí, en vez de la cortesana y su hijo.
Pero por aquel entonces Melissa no había sabido nada de eso. El capitán la había acorralado en la biblioteca, con sus grandes ventanales que daban al acantilado y al mar, muchos metros más abajo. Con las lágrimas derramándose de sus ojos -todavía marrones-, había dado la espalda al capitán y, sin pensarlo dos veces, había arremetido contra el cristal, fragmentándolo en una lluvia de gotas cortantes que la acompañó en la caída, junto con el recuerdo de los chillidos de su madre y los ojos desorbitados y sin vida de su padre. Aún en el presente, cuando lo recordaba, no conseguí explicarse como había reunido el valor necesario como para lanzarse a los brazos de las brujas del mar, sin haber oído nunca sus cánticos. Era algo nunca visto, y mientras caía Melissa estaba convencia de que moriría. Pero no fue así. Su hermana intercedió por ella y se aceptó a la segunda hija de la familia, así como se había aceptado a la primogénita.
Las figuras que iban saliendo lentamente del mar se reflejaban en las pupilas de la bruja. Tres años le había llevado reunir la influencia necesaria como para movilizar a las brujas del mar en contra del rey -y no es que Clarissa, deshechos ya todos los lazos que la habían atado a su familia, la hubiera ayudado en gran medida. Pero lo había hecho. Y ahora había llegado la hora de la venganza.
Primera entrada :)
“Las leyendas dicen que, en una era perdida entre las brumas del tiempo, los libros eran un bien común. Los juglares, los sucesores de carne y hueso de los libros, hablan de edificios de dorado y marfil de brillantes estantes de madera llenos de ellos, los viejos tomos encuadernados en piel hablando de aventuras prohibidas, amores no correspondidos y odios ardientemente correspondidos, dioses desconocidos y dictadores tristemente conocidos. Hablan de máquinas de reluciente metal, todo engranajes y tinta, que podían producir libros a docenas por hora. Pero de lo que más hablan los juglares son de los Bibliotecarios –o los Custodios, o el Pueblo Culto, o los Lores y las Damas- han tenido muchos nombres, pero la leyenda se transmite generalmente inmutable de juglar a juglar. El Pueblo Culto, los de las túnicas irisadas, los ojos de cristal sustituyendo los que el Señor nos dio para mejorar la lectura y las ciudades donde el fuego tenía prohibida la entrada. Los Lores y las Damas, que hicieron de la escritura un arte y convirtieron bosques enteros en sagas heroicas, compendios y fábulas de reinos lejanos. Oh, sí. Hoy en día hablamos mucho de los Custodios, porque ellos tenían algo que a nosotros nunca se nos entregó y se nos vedó la capacidad de crear. Los libros.
De cuando en cuando, cuando veo el páramo desierto en el que se ha convertido nuestro mundo, donde criaturas famélicas que un día se atribuyeron el galardón de señores de la creación vagan errabundas entre los armazones de metal, máquinas muertas que un día fueron el orgullo de nuestro pueblo, sé que algo no es como debería ser. Sé que yo no pertenezco a este lugar. Porque yo no intento cazar, no intento canjear mi dignidad humana por unas piernas más rápidas que no tengo, por unos colmillos con los que desgarrar la carne con los que no se nos creó. Oh, no, yo nunca hago eso. Porque yo sé que soy superior. Oh, sí superior. Al fin y al cabo, yo tengo uno de ellos. Los objetos de los que hablan las leyendas. Oh, sí, yo tengo un libro, aunque ellos no lo saben. ¡Nadie lo sabe! Por eso no salgo de mi sanctasanctórum, mi propia ciudad de Bibliotecarios, donde habito yo solo y el fuego tiene prohibido la entrada –excepto por los rayos que el cielo descarga furioso sobre el avión estrellado que es mi refugio. En mi ciudad no habito yo solo, porque yo veo a los otros Bibliotecarios, llamándome por nombres musicales y mirándome con envidia, porque yo tengo algo que ellos no tienen… yo tengo un libro. Por eso nunca abandono mi refugio… conservar lo único que me separa de esas bestias es más importante que cazar, o dormir. Sí, más importante…”
Una partida de caza de una de las colonias le encontró una semana más tarde: el esquelético cadáver de un anciano envuelto en una túnica irisada, unos viejos anteojos rotos, los cristales hendidos en heridas sangrantes de los ojos hundidos por la locura. Aferrado entre sus brazos, como un bebé roto de cuero ajado y páginas mojadas, el anciano sujetaba un viejo volumen contra su pecho, como si hubiera exhalado su último aliento sobre él.
“Así que lo que dicen los juglares es verdad. La leyenda es cierta” murmuró una mujer de rasgos esculpidos a fuegos por una vida de penuria y rapiña con la voz rota, fuera de lugar en aquel rostro “El Pueblo Culto existe. Y está claro que acabamos de encontrar uno de sus últimos tesoros” “Existió” le corrigió su compañero, un hombretón de espaldas anchas y rostros pelirrojo mal rasurado “Probablemente este sea el último” Intercambiaron una breve mirada. El resto de los cazadores esperaban fuera, y no tenían porqué entrar dentro del avión siniestrado. Ambos habían crecido escuchando las leyendas sobre los Custodios, y sin embargo un libro podía alcanzar precios astronómicos en las colonias. Podrían ser ricos. El cadáver en el suelo enfangado parecía contemplarles con mirada implorante con el libro, el último vestigio de una vida pasada y olvidada, todavía atrapado entre sus brazos. Sin mediar palabra y sabiendo que lo lamentarían la próxima vez que pasaran hambre, los dos cazadores salieron del pequeño cubículo de aire enrarecido en el que había vivido el último miembro de los Lores y las Damas sus últimos años.
Algunas leyendas debían seguir vivas. En la semioscuridad del sanctasanctórum del hombre muerto, una lágrima de sangre resbaló lentamente por su mejilla y cayó al suelo embarrado.
De cuando en cuando, cuando veo el páramo desierto en el que se ha convertido nuestro mundo, donde criaturas famélicas que un día se atribuyeron el galardón de señores de la creación vagan errabundas entre los armazones de metal, máquinas muertas que un día fueron el orgullo de nuestro pueblo, sé que algo no es como debería ser. Sé que yo no pertenezco a este lugar. Porque yo no intento cazar, no intento canjear mi dignidad humana por unas piernas más rápidas que no tengo, por unos colmillos con los que desgarrar la carne con los que no se nos creó. Oh, no, yo nunca hago eso. Porque yo sé que soy superior. Oh, sí superior. Al fin y al cabo, yo tengo uno de ellos. Los objetos de los que hablan las leyendas. Oh, sí, yo tengo un libro, aunque ellos no lo saben. ¡Nadie lo sabe! Por eso no salgo de mi sanctasanctórum, mi propia ciudad de Bibliotecarios, donde habito yo solo y el fuego tiene prohibido la entrada –excepto por los rayos que el cielo descarga furioso sobre el avión estrellado que es mi refugio. En mi ciudad no habito yo solo, porque yo veo a los otros Bibliotecarios, llamándome por nombres musicales y mirándome con envidia, porque yo tengo algo que ellos no tienen… yo tengo un libro. Por eso nunca abandono mi refugio… conservar lo único que me separa de esas bestias es más importante que cazar, o dormir. Sí, más importante…”
Una partida de caza de una de las colonias le encontró una semana más tarde: el esquelético cadáver de un anciano envuelto en una túnica irisada, unos viejos anteojos rotos, los cristales hendidos en heridas sangrantes de los ojos hundidos por la locura. Aferrado entre sus brazos, como un bebé roto de cuero ajado y páginas mojadas, el anciano sujetaba un viejo volumen contra su pecho, como si hubiera exhalado su último aliento sobre él.
“Así que lo que dicen los juglares es verdad. La leyenda es cierta” murmuró una mujer de rasgos esculpidos a fuegos por una vida de penuria y rapiña con la voz rota, fuera de lugar en aquel rostro “El Pueblo Culto existe. Y está claro que acabamos de encontrar uno de sus últimos tesoros” “Existió” le corrigió su compañero, un hombretón de espaldas anchas y rostros pelirrojo mal rasurado “Probablemente este sea el último” Intercambiaron una breve mirada. El resto de los cazadores esperaban fuera, y no tenían porqué entrar dentro del avión siniestrado. Ambos habían crecido escuchando las leyendas sobre los Custodios, y sin embargo un libro podía alcanzar precios astronómicos en las colonias. Podrían ser ricos. El cadáver en el suelo enfangado parecía contemplarles con mirada implorante con el libro, el último vestigio de una vida pasada y olvidada, todavía atrapado entre sus brazos. Sin mediar palabra y sabiendo que lo lamentarían la próxima vez que pasaran hambre, los dos cazadores salieron del pequeño cubículo de aire enrarecido en el que había vivido el último miembro de los Lores y las Damas sus últimos años.
Algunas leyendas debían seguir vivas. En la semioscuridad del sanctasanctórum del hombre muerto, una lágrima de sangre resbaló lentamente por su mejilla y cayó al suelo embarrado.
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