Un intenso pitido perforaba sus oídos. Y blanco. Y el lacerante pitido. Y blanco.
Y entonces paró.
Dio un par de pasos tambaleantes, hasta que sus piernas se cruzaron y tuvo que apoyarse en un tronco parra no caer. Su vista empezaba a aclararse, pero el pitido no remitía. Observó la superficie sobre la que había apoyado la mano. El grueso tronco de un gigante arbóreo, tan cubierto de musgo que las puntas de sus dedos se perdían en su fresco interior. Una enorme lagartija, roja y verde, se deslizó por entre sus dedos y se hundió en el musgo.
Según iba recuperando los sentidos, el sr Gaiman se dio cuenta de que en aquel bosque estaba lloviendo tan intensamente que se empezaban a formar torrentes por el suelo selvático. Al menos todavía no había sido devorado, pensó amargamente. Eso debía significar algo, ¿no? Al fin y al cabo, que su nave hubiera sido literalmente partida en dos por un rayo no era sino mala suerte, pero no haber sido devorado todavía era una señal de que la providencia le sonreía.. Escupió sangre y saliva a partes iguales, se sacudió el agua de la capa impermeable negra y se recogió el pelo blanco en una chorreante cola de caballo.
Incluso empapado, magullado, cubierto de desechos y con la ropa y una ceja chamuscadas, el sr Gaiman era de presencia imponente. A ello contribuían sus casi dos metros de estatura, su porte aristocrático, su largo pelo blanco y sus ojos grises, que chispeaban con cínica inteligencia.
Suspiró exasperado y se arrimó un poco más al tronco del gigante arbóreo, buscando el pobre refugio que le ofrecía la inmensa copa.
Comprobó con alivio que su pistola funcionaba. Suponía que lo que debía hacer ahora era buscar supervivientes del siniestro, aunque dudaba mucho que alguno de esos necios que él se había empecinado en llamar tripulación hubieran sobrevivido. Inútiles. Si no se hubieran desviado de su rumbo él ya estaría en Selen, el satélite artificial que se había desarrollado a partir de la Estación Espacial Internaciones y que se había convertido en el gigantesco epicentro del comercio interplanetario
En ese momento un movimiento entre los arbustos rojo chillón interrumpió su línea de pensamiento. Desenfundó su pistola: o sabía nada de la fauna salvaje de aquel planeta, pero él no era uno que tomara riesgos innecesarios. Fauna salvaje. Qué despropósito. En la Tierra, gracias a Dios, ya no había de esa. Ah, la Tierra. Ese sí era un planeta civilizado. Y para colmo de males seguro que ya se le había pasado la hora del té.
Escupió otra vez, más sangre que saliva, pero el esputo no llegó a tocar el suelo. Un pequeño mono blanco, de ojos saltones y círculos negros alrededor como los de los pandas (o eso había leído el sr Gaiman, ya que ya no había pandas en la Tierra ¿Pandas para qué? Imagínate. Qué despropósito) saltó de entre los arbustos y se tragó el escupitajo. El sr Gaiman no dudó. Lo abatió de un certero disparo y el pequeño cadáver cayó a un torrente, que no tardó en teñirse de rojo. Intentando ignorar el hecho -que le producía arcadas- de que un bicho acababa de tragarse su esputo empezó a avanzar en dirección a ninguna parte. Qué barbaridad. Como sangraba aquel bicho. Qué despropósito. Y no paraban de caer rayos ni de llover. En la Tierra no llovía, gracias a Dios, porque la Tierra era un planeta civilizado.
Y entonces se fijó en un par de ojos saltones que le observaban desde la policroma fronda. Y en otro. Y en otro. Y en diez más. Antes de poder disparar una sola vez ya se le habían echado encima docenas de monitos blancos, desgarrando ropa y piel con pequeños dientes puntiagudos.
Su último pensamiento consciente fue que lo que el primer monito buscaba no era la saliva, sino la sangre en el escupitajo. Bueno. Eso ya era más razonable.

Está muy bien, me gusta mucho cómo expresas el pensamiento del civilizado sr Gaiman xD
ResponderEliminarMuchas gracias :)
ResponderEliminarMe encanta, así de simple :) Muy entretenido. Me he reído un montón con lo de la hora del té xD
ResponderEliminarBesos.
Me encanta... Sobre todo lo mejor es lo bien definido que esta el personaje
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