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Viuda de avanzada edad que disfruta de los placeres de la nicotina, el vodka, y el clac-clac de su vieja máquina de escribir.

jueves, 27 de enero de 2011

Primera entrada :)

“Las leyendas dicen que, en una era perdida entre las brumas del tiempo, los libros eran un bien común. Los juglares, los sucesores de carne y hueso de los libros, hablan de edificios de dorado y marfil de brillantes estantes de madera llenos de ellos, los viejos tomos encuadernados en piel hablando de aventuras prohibidas, amores no correspondidos y odios ardientemente correspondidos, dioses desconocidos y dictadores tristemente conocidos. Hablan de máquinas de reluciente metal, todo engranajes y tinta, que podían producir libros a docenas por hora. Pero de lo que más hablan los juglares son de los Bibliotecarios –o los Custodios, o el Pueblo Culto, o los Lores y las Damas- han tenido muchos nombres, pero la leyenda se transmite generalmente inmutable de juglar a juglar. El Pueblo Culto, los de las túnicas irisadas, los ojos de cristal sustituyendo los que el Señor nos dio para mejorar la lectura y las ciudades donde el fuego tenía prohibida la entrada. Los Lores y las Damas, que hicieron de la escritura un arte y convirtieron bosques enteros en sagas heroicas, compendios y fábulas de reinos lejanos. Oh, sí. Hoy en día hablamos mucho de los Custodios, porque ellos tenían algo que a nosotros nunca se nos entregó y se nos vedó la capacidad de crear. Los libros.
De cuando en cuando, cuando veo el páramo desierto en el que se ha convertido nuestro mundo, donde criaturas famélicas que un día se atribuyeron el galardón de señores de la creación vagan errabundas entre los armazones de metal, máquinas muertas que un día fueron el orgullo de nuestro pueblo, sé que algo no es como debería ser. Sé que yo no pertenezco a este lugar. Porque yo no intento cazar, no intento canjear mi dignidad humana por unas piernas más rápidas que no tengo, por unos colmillos con los que desgarrar la carne con los que no se nos creó. Oh, no, yo nunca hago eso. Porque yo sé que soy superior. Oh, sí superior. Al fin y al cabo, yo tengo uno de ellos. Los objetos de los que hablan las leyendas. Oh, sí, yo tengo un libro, aunque ellos no lo saben. ¡Nadie lo sabe! Por eso no salgo de mi sanctasanctórum, mi propia ciudad de Bibliotecarios, donde habito yo solo y el fuego tiene prohibido la entrada –excepto por los rayos que el cielo descarga furioso sobre el avión estrellado que es mi refugio. En mi ciudad no habito yo solo, porque yo veo a los otros Bibliotecarios, llamándome por nombres musicales y mirándome con envidia, porque yo tengo algo que ellos no tienen… yo tengo un libro. Por eso nunca abandono mi refugio… conservar lo único que me separa de esas bestias es más importante que cazar, o dormir. Sí, más importante…”

Una partida de caza de una de las colonias le encontró una semana más tarde: el esquelético cadáver de un anciano envuelto en una túnica irisada, unos viejos anteojos rotos, los cristales hendidos en heridas sangrantes de los ojos hundidos por la locura. Aferrado entre sus brazos, como un bebé roto de cuero ajado y páginas mojadas, el anciano sujetaba un viejo volumen contra su pecho, como si hubiera exhalado su último aliento sobre él.
“Así que lo que dicen los juglares es verdad. La leyenda es cierta” murmuró una mujer de rasgos esculpidos a fuegos por una vida de penuria y rapiña con la voz rota, fuera de lugar en aquel rostro “El Pueblo Culto existe. Y está claro que acabamos de encontrar uno de sus últimos tesoros” “Existió” le corrigió su compañero, un hombretón de espaldas anchas y rostros pelirrojo mal rasurado “Probablemente este sea el último” Intercambiaron una breve mirada. El resto de los cazadores esperaban fuera, y no tenían porqué entrar dentro del avión siniestrado. Ambos habían crecido escuchando las leyendas sobre los Custodios, y sin embargo un libro podía alcanzar precios astronómicos en las colonias. Podrían ser ricos. El cadáver en el suelo enfangado parecía contemplarles con mirada implorante con el libro, el último vestigio de una vida pasada y olvidada, todavía atrapado entre sus brazos. Sin mediar palabra y sabiendo que lo lamentarían la próxima vez que pasaran hambre, los dos cazadores salieron del pequeño cubículo de aire enrarecido en el que había vivido el último miembro de los Lores y las Damas sus últimos años.
Algunas leyendas debían seguir vivas. En la semioscuridad del sanctasanctórum del hombre muerto, una lágrima de sangre resbaló lentamente por su mejilla y cayó al suelo embarrado.

3 comentarios:

  1. Me encanta este estilo con el que lo has escrito, es muy evocador, preciosas descripciones :D
    (por cierto, por si no me has reconocido, soy EE xD)

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  2. Un mundo sin libros no puede ser un buen lugar para vivir. Has leído "1984" de Orwell? También habla de un fututo no muy feliz.
    Besos :)

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  3. ya me contaras, Lisa ;)
    Hoooooombre cuanto tiempo EE jaja :)

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