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Viuda de avanzada edad que disfruta de los placeres de la nicotina, el vodka, y el clac-clac de su vieja máquina de escribir.

domingo, 27 de febrero de 2011

En el idioma de la pérfida Albión que ahora los jóvenes dais mucho el coñazo con la importancia de aprender idiomas

You know? Sometimes you just have to be a complete fuck up. I know it sounds weird when myself, and old woman of (CENSORED) years says it, but it’s true. Our society is just too full of shit and hypocrisy. Someone said once upon a time: HIPOCRESY IS THE LUB OF SOCIETY. Well, that might be true, but then our society is definitely TOO lubricated, so much that’s is slipping out of its tracks. Check out the Libyan affair, for example. No one gave a shit a damn until people over there began shooting around, and Twitter messages were too many to ignore it. Or Rihanna, that weird woman with the hellish hairstyle. What the fuck on Earth does she thinks she is doing? Every weekend she has a different hairstyle, and now her hair is red. RED, for fucks Gods sake!
Oh well I guess I’m just getting too old for this kind of stuff



Pasteles y casitas de jengibre

Si nadie se opone a lo que haces, es que lo que hace son sirve para nada. me gusta esa cita, laa adoro más bien. La recuerdo en mis momentos más bajos, cuando con el viento me llegan las cenizas que son todo lo que quedan de alguna de mis hermanas, en esas horas oscuras de soledad en las que lo único que tengo fuerzas para hacer es sentarme en el suelo de la cocina, con mi espalda huesuda apoyada contra el horno, y llorar lágrimas negras.
Sé que mi tarea es fundamental para nuestra sociedad, y que el genocidio –tan eufemísticamente llamado purga por aristócratas atildados- no es más que uno los muchos episodios oscuros de nuestra historia, y que acabará por pasar. Pero mientras, no me queda otra que extremar las precauciones y cocinar dulces. Dulces de todo tipo. Mis favoritos son los muffins, grandes magdalenas recubiertas de glaseado multicolor y rellenas de deliciosa crema pastelera –o de chocolate, caramelo, nata o sirope de fresa. Aunque también cocino muchas otras cosas –pasteles por ejemplo.
Y después viene la parte más difícil: dejarlos abandonados por los rincones grises de las grandes ciudades, allí donde puedan ser encontrados por cualquiera. Cualquiera que siempre resulta ser un niño, una pequeña criatura la mayoría de las veces andrajosa y desnutrida con la mirada, seria y grave, desenfocada por el efecto de los dulces.
Antes o después acaban llamando a la puerta de mi casita de jengibre. Eso es lo más bello del asunto. Los pequeños rapazuelos olvidaban toda esa propaganda dañina sobre casitas de jengibre y brujas de nariz picuda. En sus pequeñas mentes solo cabía un pensamiento, una obsesión: mis dulces.
Debéis saber que nada hace más feliz a una bruja pastelera que el ansia de un niño por sus –deliciosos- dulces. A pesar de ello, una bruja nunca NUNCA probará sus propios dulces, excepto uno –el Pastel de Sangre. La síntesis perfecta entre una de nosotras y uno de los niños. Tras vivir en felicidad plena durante hasta varios meses, alejados de las penurias de su vida mendicante, apagamos esa pequeña chispa vital que habría titilado agónicamente durante toda una vida de crueldades y penurias –la salvamos, pienso yo. Y hacemos el Pastel de Sangre y nos lo comemos, de forma que acogemos en nuestro cuerpo su alma inmortal.
En efecto, sé que admiráis nuestra bondad. Reconoceré que nosotras también ganamos algo –cada Pastel de Sangre nos mantiene jóvenes y nos fortalece.
Por supuesto de cuando en cuando hay problemas. Siempre están las madres –en su mayoría furcias y mujeres de mala muerte- que echan en falta el dinero que sus pobres hijitos sacaban mendigando –todas unos monstruos explotadores. En este momento, tres o cuatro adornan mi jardín.

¡Oh! ¿Qué es lo que oigo? El horno está listo.

domingo, 13 de febrero de 2011

El principio

El invierno que se aproximaba sería muy duro, todo el mundo lo sabía. Las -pobres- cosechas de ese año habían sido entregadas casi en su totalidad a los ejércitos imperiales, y hasta los niños entendían ya que los bosques eran hostiles para los humanos.
La guerra contra las Cortes Faéricas se encontraba en su punto álgido y el emperador Ludwig dirigía sus ejércitos -y su imperio-con mano de hierro. Grandes victorias eran ganadas, sí, pero por cada bosque talado o quemado, por cada vez que las hadas tenían se veían forzadas a retroceder más a sus refugios naturales alguna ciudad de otra parte del imperio erigida al borde de un bosque amanecía para encontrar que era una ciudad fantasma, donde los habitantes habían desaparecido y la naturaleza había invadido las calles.
Hasta en la propia Navinia, capital imperial, habían tenido que quemar los jardines de palacio, después de que por la noche crecieran de forma descontrolada, hicieran desaparecer a tres guardias, ocuparan todo un ala de palacio y casi llegaran a los aposentos de Elinor, la hija del emperador.
Pero todo eso iba a cambiar. Se decía que las tropas de élite del emperador habían conseguido capturar un hada viva. Para muchos, eso representaba una nueva esperanza, ya que nunca se había conseguido antes. A través de los interrogatorios podrían conseguir información que les abriesen los ojos a nuevas formas de combatir a sus enigmáticos enemigos. Y también se decía -aunque nadie sabía muy bien quién lo decía- que Ludwig tenía pensado ejecutarla pronto, tras sonsacarle toda la información posible. Constituiría la primera victoria irrefutable para los humanos, sin contrapartida. Lo último que se decía -aunque esto se decía bastante menos y en círculos más elevados- que la ejecución del cautivo iniciaría una nueva campaña contra las Cortes, mucho más agresiva ya que Ludwig haría uso de la más reciente baza de los humanos -la pólvora. Aquello debía ser el principio del fin de la guerra.
Las prisiones de Ludwig no eran para nada tan malas como las pintaban. Solían estar bien ventiladas, limpias, no muy mal iluminadas y desde luego n había ratas ni ancianos enloquecidos y dados por muertos. Bien, pues la celda 77 era una excepción. Era un cubículo de apenas tres metros cuadrados de barro con un jergón enmohecido y un estrecho ventanuco enrejado por el que se colaban los gorriones para defecar. La puerta, un tablero de gruesa madera con remaches de hierro, se había abierto a lo largo de los siglos a los más peligrosos enemigos del emperador. Pero era la primera vez que le cerraba el paso a un hada.
El hada en cuestión aparecía como una figura masculina, de ojos antinaturalmente dorados y pelo color avellana, pero que estaba apelmazado de barro y suciedad.Le habían vestido con con uno de los sayos grises que le daban a los prisioneros, con el que claramente se sentía incómodo, ya que no paraba de moverse y rascarse y ronchones rojos habían aparecido sobre su piel.
Ludwig todavía no había visitado a sus prisionero, algunos decían que porque su presencia le incomodaba, o le intimidaba. Otros, más conscientes, que el emperador no quería tomar riesgos innecesarios. Se decía que las hadas podían cautivar a un humano con una mirada, y que con una caricia te enamorabas locamente.
Quien no sabía tanto de aquellos cuentos de viejas, o quizás no le importaban, era la joven de tirabuzones pelirrojos que entraba en la celda en ese momento, con una capucha ocultando sus chispeantes ojos verdes, fijos en los dorados del otro.
No era la primera vez que la joven Elinor, la hija mayor de Ludwig, llegaba hasta la celda 77, pero nunca paraba de marearle el intenso aroma de los potentes narcóticos que le administraban para mantenerlo manso.
Con diecinueve años, Elinor tenía bastante más poder que muchos altos cargos del gobierno imperial, y había usado toda su influencia -y muchos sobornos- para llegar hasta allí muchas veces antes.
Un observador atento habría observado que Elinor siempre salía de la celda 77 con el elo revuelto, las mejillas sonrojadas y colocándose la ropa. Afortunadamente para su reputación a los guardias se les pagaba para no ser observadores atentos. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche los guardias habían sido pagados para desaparecer de allí.
Aquella noche no había arrumacos, ni una de las pausadas conversaciones durante las cuales el hada parecía recobrar la lucidez y de las que Elinor tanto disfrutaba. Solo un breve ademán de cabeza y la mano extendida de ella, a la que él se aferró para incorporarse trabajosamente. A Elinor se le encogió el corazón. Recordaba perfectamente la primera que le había visto, cuando el desafió todavía brillaba en sus ojos. La forma en que se había enamorado nada más ver su grácil elegancia, su callada dignidad. Incluso cuando, con el paso e las semanas ese ojos dorados se fueron nublando por las drogas, Elinor no sintió más que como su amor crecía.
Y por fin, después de mucha planificación, lo estaban haciendo -estaban escapando.
Cojeaban todo lo rápido que podían por pasadizos secretos que Elinor se había asegurado de que estarían vacíos, mientras ella sentía como su corazón batía como cien tambores en su pecho ¡escapaba junto su amado!
De pronto, el hada se paró y le puso una mano en el vientre. Habló, con el acento musical que ella tanto amaba:
- Estás encinta, mi princesa.
- ¡QUÉ! No puede ser -el corazón de Elinor ahora latía desbocado. Aquella no había sido planeado, y no le gustaban las sorpresas- Tomé precauciones. Hay hierbas y....
- Shh -le interrumpió suavemente el hada, colocando un larguísimo dedo sobre sus labios y sonriendo- Esto es lo mejor que podría habernos pasado.
- Pero... ¿y las hierbas?
El hada soltó una breve carcajada.
- Princesa, la sangre faérica no puede ser detenida con hierbas. Ahora apresurémonos.
Siguieron andando en silencio, pero ahora una de las manos de Elinor iba sobre su vientre, mientras intentaba asimilar la revelación. Bueno, lo cuidarían juntos.
Por fin llegaron al patio interior donde les esperaban los caballos, ya enjaezados por una de las muchas manos invisible que existen en todos los palacios y que no hacen preguntas. El frescor nocturno y una suave brisa hicieron que Elinor se estremeciera bajo su chal. Había luna llena y, al ser bañado por su luz, el hada se separó de golpe de Elinor, su cojera desapareció y pareció más alto. El dorado se sus ojos relumbró un instante, y una lágrima solitaria corrió por su mejilla.
- Me has sacado de aquí -dijo, y una profunda emoción ahogaba su voz- Pensé que nunca volvería a ver la luna -Elinor se adelantó para besarle, pero él se apartó- Niña estúpida.
- ¿Qué? No entiendo... -pero sí entendía. Todo lo que hasta ese momento había considerado cuentos de viejas volvía ahora a su mente, revestidos de un nuevo significado.
- Has mezclado tu sangre con la mía, y volveré a por mi descendiente.
- ¡No! -chilló Elinor, lágrimas resbalando por su rostro. Se lanzó contra el hada, pero esta se deshizo en una nube de mariposas doradas que se perdieron en la noche, dejando sola a Elinor en el patio, llorando de rodillas, y abrazándose el vientre.


jueves, 3 de febrero de 2011

Qué despropósito

Un intenso pitido perforaba sus oídos. Y blanco. Y el lacerante pitido. Y blanco.
Y entonces paró.
Dio un par de pasos tambaleantes, hasta que sus piernas se cruzaron y tuvo que apoyarse en un tronco parra no caer. Su vista empezaba a aclararse, pero el pitido no remitía. Observó la superficie sobre la que había apoyado la mano. El grueso tronco de un gigante arbóreo, tan cubierto de musgo que las puntas de sus dedos se perdían en su fresco interior. Una enorme lagartija, roja y verde, se deslizó por entre sus dedos y se hundió en el musgo.
Según iba recuperando los sentidos, el sr Gaiman se dio cuenta de que en aquel bosque estaba lloviendo tan intensamente que se empezaban a formar torrentes por el suelo selvático. Al menos todavía no había sido devorado, pensó amargamente. Eso debía significar algo, ¿no? Al fin y al cabo, que su nave hubiera sido literalmente partida en dos por un rayo no era sino mala suerte, pero no haber sido devorado todavía era una señal de que la providencia le sonreía.. Escupió sangre y saliva a partes iguales, se sacudió el agua de la capa impermeable negra y se recogió el pelo blanco en una chorreante cola de caballo.
Incluso empapado, magullado, cubierto de desechos y con la ropa y una ceja chamuscadas, el sr Gaiman era de presencia imponente. A ello contribuían sus casi dos metros de estatura, su porte aristocrático, su largo pelo blanco y sus ojos grises, que chispeaban con cínica inteligencia.
Suspiró exasperado y se arrimó un poco más al tronco del gigante arbóreo, buscando el pobre refugio que le ofrecía la inmensa copa.
Comprobó con alivio que su pistola funcionaba. Suponía que lo que debía hacer ahora era buscar supervivientes del siniestro, aunque dudaba mucho que alguno de esos necios que él se había empecinado en llamar tripulación hubieran sobrevivido. Inútiles. Si no se hubieran desviado de su rumbo él ya estaría en Selen, el satélite artificial que se había desarrollado a partir de la Estación Espacial Internaciones y que se había convertido en el gigantesco epicentro del comercio interplanetario
En ese momento un movimiento entre los arbustos rojo chillón interrumpió su línea de pensamiento. Desenfundó su pistola:  o sabía nada de la fauna salvaje de aquel planeta, pero él no era uno que tomara riesgos innecesarios. Fauna salvaje. Qué despropósito. En la Tierra, gracias a Dios, ya no había de esa. Ah, la Tierra. Ese sí era un planeta civilizado. Y para colmo de males seguro que ya se le había pasado la hora del té.
Escupió otra vez, más sangre que saliva, pero el esputo no llegó a tocar el suelo. Un pequeño mono blanco, de ojos saltones y círculos negros alrededor como los de los pandas (o eso había leído el sr Gaiman, ya que ya no había pandas en la Tierra ¿Pandas para qué? Imagínate. Qué despropósito) saltó de entre los arbustos y se tragó el escupitajo. El sr Gaiman no dudó. Lo abatió de un certero disparo y el pequeño cadáver cayó a un torrente, que no tardó en teñirse de rojo. Intentando ignorar el hecho -que le producía arcadas- de que un bicho acababa de tragarse su esputo empezó a avanzar en dirección a ninguna parte. Qué barbaridad. Como sangraba aquel bicho. Qué despropósito. Y no paraban de caer rayos ni de llover. En la Tierra no llovía, gracias a Dios, porque la Tierra era un planeta civilizado.
Y entonces se fijó en un par de ojos saltones que le observaban desde la policroma fronda. Y en otro. Y en otro. Y en diez más. Antes de poder disparar una sola vez ya se le habían echado encima docenas de monitos blancos, desgarrando ropa y piel con pequeños dientes puntiagudos.

Su último pensamiento consciente fue que lo que el primer monito buscaba no era la saliva, sino la sangre en el escupitajo. Bueno. Eso ya era más razonable.