Las luces de cientos de lámparas eléctricas refulgían en el oro omnipresente en la sala, y se fragmentaba en mil en las siete grandes lámparas de araña que colgaban del techo abovedado, ostentosamente cubierto con frescos. Cristal faérico, se decía. Se decía, pero por supuesto siempre en susurros y solo a los oídos adecuados. Al fin y al cabo, Navinia estaba en guerra con las Cortes Faéricas. Pero por supuesto tampoco nadie negaba que fuera el cristal más fino.
Aunque aquella noche estaba prohibido hablar de guerras y desgracias. Se celebraba el décimo cumpleaños de la nieta de la emperatriz y todo debía ser dicha y jolgorio -por Decreto Imperial. Por deseo expreso de la pequeña aquello era un baile de disfraces, lo que implicaba que la inmensa sala estaba llena de plumas, terciopelo, oropeles y cascabeles.
Una mujer ya mayor, de pelo gris acero recogido en un moño bajo que estaba sujeto con una redecilla de esmeraldas, del mismo color que sus ojos cansados, observaba la ciudad que se extendía ante ella. El rumor apagado de la fiesta llegaba hasta ella, enmudecido casi por las gruesas puertas de cristal esmerilado que daban al balcón. A pesar de que mantenía la expresión cuidadosamente serena -nunca se sabía quién podía estar observándote- sus ojos eran dos pozos de preocupación, lo que la asustaba e indignaba a partes iguales: ¡Ella, Elinor Bellatrix de Navinia, asustada por un polvoriento cuento de hadas! Aquel mundo estaba cambiando. De eso daba testimonio su propia ciudad, donde las luces eléctricas ya superaban en número a los candiles y no una, sino dos líneas de ferrocarril la cruzaban. El tipo de magia que ella temía había sido hecha retroceder a lo más profundo de los bosques con pólvora y acero, y ahora solo moraba en los cruces de caminos, las profundas pozas de los bosques y las casitas de jengibre. Y sin embargo, tenía miedo. Le aterraba la perspectiva de que se llevaran a su nieta. Durante diez largos años, desde que su querida hija había dado a luz a esa niñita de ojos dispares había estado aguantando el aliento, consumiéndose lentamente mientras contaba los días -los años- que avanzaban inexorablemente al décimo cumpleaños de su nieta.
En ese momento reparó en un pequeño libro de cuentos infantiles que alguien había dejado apoyada en la balaustrada del balcón. Estaba elegantemente encuadernado, con un dibujo impreso en la portada de terciopelo azul que representaba a una mujer de aspecto bondadosos con alitas de libélula. Lo abrió frunciendo el ceño; desde la reciente invención de la imprenta aquellos volúmenes de cuentos infantiles estaban por todas partes, con sus versiones edulcoradas de las hadas. Propaganda enemiga. Como si se parecieran en nada a mujeres. Y menos bondadosas. Y desde luego no iban por ahí convirtiendo ratones en cocheros, sino más bien al revés.
Un nombre al final de una hoja llamó su atención: su propio nombre. Con curiosidad que rápidamente se tornó en horror leyó lo escrito en esa página:
...y la joven Elinor se abandonó a aquel amor prohibido con el prisionero de su padre sin pensar en las consecuencias. pero las consecuencias se materializaron nueve meses después en una preciosa niña, completamente humana. Elinor respiró, inmensamente aliviada. Pero lo que ella no sabía era que la sangre faérica era caprichosa y gustaba de saltar generaciones...
Pasó la página, jadeando de horror, pero estaba en blanco, a excepción de una pequeña anotación en el centro de la página que decía HE VENIDO A POR MI NIETA
Arrojando el libro al suelo abrió de golpe las puertas que daban al salón de baile y pasó como una exhalación por entre los guardias que que habían estado velando por su privacidad.
Se dirigía hacia el centro de la sala, dónde estaría bailando la familia real, y a su paso creaba ondas concéntricas de desconcierto, fracturando en mil pedazos los intrincados patrones de los bailes palaciegos. Solo una vez se chocó contra alguien, un alto individuo vestido de verde y dorado, con una máscara en forma de hoja a través de la que se veían los ojos, de un dorado antinatural, que le susurró al pasar Ha venido el abuelo... Elinor no se detuvo en su frenesí por alcanzar a su nieta a tiempo, sabiendo que sería inútil.
Se abalanzó sobre su nieta, que levantó la vista sorprendida ante el repentino abrazo de su por lo general fría abuela. Elinor, vestida de gala y ante toda la aristocracia de su imperio, no podía parar de llorar, gruesos lagrimones cayendo por sus enjutas mejillas, abrazando de rodillas a su sorprendida nieta.
Y entonces de súbito la infanta se volatilizó en el aire, dejando en su lugar una nube de gorgojeantes jilgueros azules que, tras escapar del vestido por las mangas y el cuello, se apresuraron a perderse en la noche a través de la puerta que Elinor había dejado abierta.
La emperatriz se incorporó lentamente, la rabia congelada en su rostro irrigado por las lágrimas. Abrió la boca para decir algo, la furia centelleando en sus ojos verdes, pero ningún sonido salió de ella.
En el atónito silencio que se había apoderado de la sala, todos los allí presentes escucharon el escalofriante crujido, similar al de un árbol al caer, con el que la emperatriz misma empezó a cambiar de forma: su piel se acartonó, se agrietó, se oscureció y adquirió la textura de la madera, al tiempo que su cabello florecía y se convertía en gruesas ramas mientras sus piernas se alagaban, engrosaban y se unían formando un tronco que se hundió en el suelo, rompiendo el parqué. Las lágrimas fueron lo último en desaparecer, convirtiéndose en gotitas de rocío sobre el rostro, escalofriantemente realista, de la furia de la emperatriz en el tronco.
Y, aunque la verdad es nadie volvió a entrar en esa sala nunca más, se dice que de cuando un cuando un jilguero azul entra por uno de los tragaluces y se posa en las ramas del gran roble.

Me ha gustado mucho la imagen de los jilgueros azules saliendo del vestido :) Habrá continuación?
ResponderEliminarBesos.
Oh, es precioso, me encanta cómo está escrito y es verdad que tiene unas imágenes muy bonitas ^^
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