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Viuda de avanzada edad que disfruta de los placeres de la nicotina, el vodka, y el clac-clac de su vieja máquina de escribir.

domingo, 13 de febrero de 2011

El principio

El invierno que se aproximaba sería muy duro, todo el mundo lo sabía. Las -pobres- cosechas de ese año habían sido entregadas casi en su totalidad a los ejércitos imperiales, y hasta los niños entendían ya que los bosques eran hostiles para los humanos.
La guerra contra las Cortes Faéricas se encontraba en su punto álgido y el emperador Ludwig dirigía sus ejércitos -y su imperio-con mano de hierro. Grandes victorias eran ganadas, sí, pero por cada bosque talado o quemado, por cada vez que las hadas tenían se veían forzadas a retroceder más a sus refugios naturales alguna ciudad de otra parte del imperio erigida al borde de un bosque amanecía para encontrar que era una ciudad fantasma, donde los habitantes habían desaparecido y la naturaleza había invadido las calles.
Hasta en la propia Navinia, capital imperial, habían tenido que quemar los jardines de palacio, después de que por la noche crecieran de forma descontrolada, hicieran desaparecer a tres guardias, ocuparan todo un ala de palacio y casi llegaran a los aposentos de Elinor, la hija del emperador.
Pero todo eso iba a cambiar. Se decía que las tropas de élite del emperador habían conseguido capturar un hada viva. Para muchos, eso representaba una nueva esperanza, ya que nunca se había conseguido antes. A través de los interrogatorios podrían conseguir información que les abriesen los ojos a nuevas formas de combatir a sus enigmáticos enemigos. Y también se decía -aunque nadie sabía muy bien quién lo decía- que Ludwig tenía pensado ejecutarla pronto, tras sonsacarle toda la información posible. Constituiría la primera victoria irrefutable para los humanos, sin contrapartida. Lo último que se decía -aunque esto se decía bastante menos y en círculos más elevados- que la ejecución del cautivo iniciaría una nueva campaña contra las Cortes, mucho más agresiva ya que Ludwig haría uso de la más reciente baza de los humanos -la pólvora. Aquello debía ser el principio del fin de la guerra.
Las prisiones de Ludwig no eran para nada tan malas como las pintaban. Solían estar bien ventiladas, limpias, no muy mal iluminadas y desde luego n había ratas ni ancianos enloquecidos y dados por muertos. Bien, pues la celda 77 era una excepción. Era un cubículo de apenas tres metros cuadrados de barro con un jergón enmohecido y un estrecho ventanuco enrejado por el que se colaban los gorriones para defecar. La puerta, un tablero de gruesa madera con remaches de hierro, se había abierto a lo largo de los siglos a los más peligrosos enemigos del emperador. Pero era la primera vez que le cerraba el paso a un hada.
El hada en cuestión aparecía como una figura masculina, de ojos antinaturalmente dorados y pelo color avellana, pero que estaba apelmazado de barro y suciedad.Le habían vestido con con uno de los sayos grises que le daban a los prisioneros, con el que claramente se sentía incómodo, ya que no paraba de moverse y rascarse y ronchones rojos habían aparecido sobre su piel.
Ludwig todavía no había visitado a sus prisionero, algunos decían que porque su presencia le incomodaba, o le intimidaba. Otros, más conscientes, que el emperador no quería tomar riesgos innecesarios. Se decía que las hadas podían cautivar a un humano con una mirada, y que con una caricia te enamorabas locamente.
Quien no sabía tanto de aquellos cuentos de viejas, o quizás no le importaban, era la joven de tirabuzones pelirrojos que entraba en la celda en ese momento, con una capucha ocultando sus chispeantes ojos verdes, fijos en los dorados del otro.
No era la primera vez que la joven Elinor, la hija mayor de Ludwig, llegaba hasta la celda 77, pero nunca paraba de marearle el intenso aroma de los potentes narcóticos que le administraban para mantenerlo manso.
Con diecinueve años, Elinor tenía bastante más poder que muchos altos cargos del gobierno imperial, y había usado toda su influencia -y muchos sobornos- para llegar hasta allí muchas veces antes.
Un observador atento habría observado que Elinor siempre salía de la celda 77 con el elo revuelto, las mejillas sonrojadas y colocándose la ropa. Afortunadamente para su reputación a los guardias se les pagaba para no ser observadores atentos. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche los guardias habían sido pagados para desaparecer de allí.
Aquella noche no había arrumacos, ni una de las pausadas conversaciones durante las cuales el hada parecía recobrar la lucidez y de las que Elinor tanto disfrutaba. Solo un breve ademán de cabeza y la mano extendida de ella, a la que él se aferró para incorporarse trabajosamente. A Elinor se le encogió el corazón. Recordaba perfectamente la primera que le había visto, cuando el desafió todavía brillaba en sus ojos. La forma en que se había enamorado nada más ver su grácil elegancia, su callada dignidad. Incluso cuando, con el paso e las semanas ese ojos dorados se fueron nublando por las drogas, Elinor no sintió más que como su amor crecía.
Y por fin, después de mucha planificación, lo estaban haciendo -estaban escapando.
Cojeaban todo lo rápido que podían por pasadizos secretos que Elinor se había asegurado de que estarían vacíos, mientras ella sentía como su corazón batía como cien tambores en su pecho ¡escapaba junto su amado!
De pronto, el hada se paró y le puso una mano en el vientre. Habló, con el acento musical que ella tanto amaba:
- Estás encinta, mi princesa.
- ¡QUÉ! No puede ser -el corazón de Elinor ahora latía desbocado. Aquella no había sido planeado, y no le gustaban las sorpresas- Tomé precauciones. Hay hierbas y....
- Shh -le interrumpió suavemente el hada, colocando un larguísimo dedo sobre sus labios y sonriendo- Esto es lo mejor que podría habernos pasado.
- Pero... ¿y las hierbas?
El hada soltó una breve carcajada.
- Princesa, la sangre faérica no puede ser detenida con hierbas. Ahora apresurémonos.
Siguieron andando en silencio, pero ahora una de las manos de Elinor iba sobre su vientre, mientras intentaba asimilar la revelación. Bueno, lo cuidarían juntos.
Por fin llegaron al patio interior donde les esperaban los caballos, ya enjaezados por una de las muchas manos invisible que existen en todos los palacios y que no hacen preguntas. El frescor nocturno y una suave brisa hicieron que Elinor se estremeciera bajo su chal. Había luna llena y, al ser bañado por su luz, el hada se separó de golpe de Elinor, su cojera desapareció y pareció más alto. El dorado se sus ojos relumbró un instante, y una lágrima solitaria corrió por su mejilla.
- Me has sacado de aquí -dijo, y una profunda emoción ahogaba su voz- Pensé que nunca volvería a ver la luna -Elinor se adelantó para besarle, pero él se apartó- Niña estúpida.
- ¿Qué? No entiendo... -pero sí entendía. Todo lo que hasta ese momento había considerado cuentos de viejas volvía ahora a su mente, revestidos de un nuevo significado.
- Has mezclado tu sangre con la mía, y volveré a por mi descendiente.
- ¡No! -chilló Elinor, lágrimas resbalando por su rostro. Se lanzó contra el hada, pero esta se deshizo en una nube de mariposas doradas que se perdieron en la noche, dejando sola a Elinor en el patio, llorando de rodillas, y abrazándose el vientre.


1 comentario:

  1. O.O Me encanta cómo describes los detalles, cómo dices cosas que, aunque parecen poco importantes, llenan muchísimo la historia.
    No hay que fiarse de las hadas, los cuentos (casi) siempre son ciertos.
    Me muero por leer la continuación.
    Besos :)

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