Si nadie se opone a lo que haces, es que lo que hace son sirve para nada. me gusta esa cita, laa adoro más bien. La recuerdo en mis momentos más bajos, cuando con el viento me llegan las cenizas que son todo lo que quedan de alguna de mis hermanas, en esas horas oscuras de soledad en las que lo único que tengo fuerzas para hacer es sentarme en el suelo de la cocina, con mi espalda huesuda apoyada contra el horno, y llorar lágrimas negras.
Sé que mi tarea es fundamental para nuestra sociedad, y que el genocidio –tan eufemísticamente llamado purga por aristócratas atildados- no es más que uno los muchos episodios oscuros de nuestra historia, y que acabará por pasar. Pero mientras, no me queda otra que extremar las precauciones y cocinar dulces. Dulces de todo tipo. Mis favoritos son los muffins, grandes magdalenas recubiertas de glaseado multicolor y rellenas de deliciosa crema pastelera –o de chocolate, caramelo, nata o sirope de fresa. Aunque también cocino muchas otras cosas –pasteles por ejemplo.
Y después viene la parte más difícil: dejarlos abandonados por los rincones grises de las grandes ciudades, allí donde puedan ser encontrados por cualquiera. Cualquiera que siempre resulta ser un niño, una pequeña criatura la mayoría de las veces andrajosa y desnutrida con la mirada, seria y grave, desenfocada por el efecto de los dulces.
Antes o después acaban llamando a la puerta de mi casita de jengibre. Eso es lo más bello del asunto. Los pequeños rapazuelos olvidaban toda esa propaganda dañina sobre casitas de jengibre y brujas de nariz picuda. En sus pequeñas mentes solo cabía un pensamiento, una obsesión: mis dulces.
Debéis saber que nada hace más feliz a una bruja pastelera que el ansia de un niño por sus –deliciosos- dulces. A pesar de ello, una bruja nunca NUNCA probará sus propios dulces, excepto uno –el Pastel de Sangre. La síntesis perfecta entre una de nosotras y uno de los niños. Tras vivir en felicidad plena durante hasta varios meses, alejados de las penurias de su vida mendicante, apagamos esa pequeña chispa vital que habría titilado agónicamente durante toda una vida de crueldades y penurias –la salvamos, pienso yo. Y hacemos el Pastel de Sangre y nos lo comemos, de forma que acogemos en nuestro cuerpo su alma inmortal.
En efecto, sé que admiráis nuestra bondad. Reconoceré que nosotras también ganamos algo –cada Pastel de Sangre nos mantiene jóvenes y nos fortalece.
Por supuesto de cuando en cuando hay problemas. Siempre están las madres –en su mayoría furcias y mujeres de mala muerte- que echan en falta el dinero que sus pobres hijitos sacaban mendigando –todas unos monstruos explotadores. En este momento, tres o cuatro adornan mi jardín.
¡Oh! ¿Qué es lo que oigo? El horno está listo.


O.O siniestro, sin duda, aunque el modo en que lo cuentas hace que no suene tan mal, eso demuestra que todo depende de por dónde se mira...
ResponderEliminarmuchas gracias mi niña, de gusto ver a la juventud involucrada en el maravilloso proceso creativo
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